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viernes, 2 de octubre de 2015

Argumento de Trópico de Cáncer de Henry Miller

1.-Cuenta Miller su segundo año en Paris totalmente en bancarrota viviendo con su compañeros de departamento Boris y Sylvester

2.-Miller y la esposa de Sylvester, Tania, tienen ciertos coqueteos y encuentros casi sexuales.

3.-Miller se va al sur de Paris a caminar y se encuentra con un ruso que estaba descargando comida en un restaurante. El ruso salva a Miller de la desnutrición por una semana, haciéndole un trato que él le pagaba con comida y techo a Miller, a cambio de que Miller le enseñara inglés.

4.-Miller al terminar la semana se escapa, ya que las condiciones en que vivía bajo el techo del ruso y su familia, eran denigrantes, aún más que su vida en el departamento con sus compañeros.

5.-Miller conoce a una prostituta, llamada Germaine.

6.-Miller se enamora de Germaine.

7.-Después de varios encuentros gratuitos con ella, se da cuenta de que ella solo era una prostituta, y no una belleza.

8.-Miller comienza a relatar sobre como era su vida en Nueva York antes de irse a Paris.

9.-Vivía con un hindú que vivía de la compra y venta de joyería, le iba bien pero hubo un punto en que le empezó a ir pésimo.

10.-El amigo hindú con el que vivía, tiene un invitado joven, Kepi, de la religión Ghandi, no tenía mucho dinero pero le pide a Miller que si lo podía llevar a una casa de citas.

11.- Al llegar a la casa de citas, Kepi escoge una y Miller es forzado a escoger otra.

12.- Kepi, después de su encuentro sexual con la prostituta, defeca en el lavabo de su cuarto.

13.- La madame de la casa lo nota y hace un escándalo, pero al ver que Kepi está al borde de llorar la señora se tranquiliza, y los convence de que compren champagne para las chicas, como un tipo de recompensa del daño hecho por parte de Kepi.

14.- Pasa el tiempo y Miller habla sobre la mudanza de su amigo Van Norden, como pasa de un departamento cómodo a un edificio donde vivía Mauppssant, cosa que enorgullece a Van Norden.

15.- Van Norden y Miller contratan a una prostituta por 15 francos (que obviamente Van Norden los paga). La escena es un poco trágica, ninguno de los tres tiene apetito, Van Norden quiere sacar provecho de sus 15 francos, la prostituta quiere irse con el dinero, y Miller solo se queda observando, dándose cuenta de la soledad y tristeza con la que vive.

16.- Miller cuenta como es ser chulo; ser mantenido por una prostituta y no tener que hacer nada, y como eso lo satisface para sobrevivir.

17.- Carl, otro amigo chulo de Miller, comienza a escribirse con una mujer casada en sus cincuentas durante seis meses, Carl le cuenta a ella sobre Miller también y parece que también le gusta a ella.

18.- Después de seis meses, Miller deja a Carl en la supuesta residencia de la mujer casas para que el fin se conozcan ellos, al cerrar las puertas no supo más de ese día.

19.- Carl al día siguiente, por fin le cuenta a Miller su encuentro con la mujer, y este le dice que no fue nada grandioso, que solo tuvieron sexo sin pasión y que ya no la quiere volver a ver ya que la mujer comenzó a hablarle sobre el amor y viajar juntos o incluso vivir junto. Así que Carl, supuestamente, le menciona la mujer a Miller como otra opción.

20.- Van Norden, le cuenta a Miller que Carl le conto otra historia completamente diferente, que fue muy romántico el encuentro y que desparramaron pasión.

21.- Miller conoce a la mejor amiga que Van Norden, Bessie, mujer bisexual, que critica a Van Norden sobre cómo saber sobre pasión ni satisfacción al tener relaciones sexuales. A pesar de que Van Norden y Bessie no tienen nada, Miller piensa que están hechos el uno para el otro, pero que aún no se han dado cuenta.

22.-El asocial, Peckover, superior de trabajo de Miller en el departamento de correcciones ortográficas, muere a causa de una caída fatal en el vacío de un elevador. Miller cuenta como nunca fue querido ni notado por los superiores, pero le parece increíblemente hipócrita como todos los directores de la editorial comenzaron a hablar de Peckover como si haya sido amado y admirado por todos, incluso, le hicieron una ceremonia muy emocional con arreglos hermosos.

23.-Miller consigue el puesto que tenía Peckover.

24.-Pasa más tiempo aun y Miller ya Ileva 6 meses viviendo solo, sin compañeros y un poco más estable con su miserable sueldo.

25.-Boris, uno de sus antiguos compañeros de cuarto, le escribe una carta a Miller, diciendo que sentía a Miller bajo su piel desde aquella noche (no mencionada) Boris toco a Miller.

26.-La carta de Boris desconcierta a Miller, haciéndolo recordar sobre Mona, su esposa. Recuerda como fue vivir con ella y sus sentimientos profundos hacia ella, y como lo destrozó cuando ella partió un tren fuera de la vida de Miller.

27.-Tras sus pensamientos sobre Mona, y como lo abandono a causa de su estilo de vida tan miserable, llega a la conclusión de que ya no es ni Estadounidense, ni Neoyorkino y menos aun Europeo, ya no siente lealtad hacia ningún país, ni odios, ni responsabilidades, ni preocupaciones. Se considera ahora neutral.

28.-En un momento cuando iba de regreso en taxi de una noche de fiesta con Van Norden y la mujer de Sylvester (ex-compañero de cuarto que le daba comodidad a Miller al principio del libro) que lo mantuvo durante ese día, describe el espíritu de Paris como si fuese a través de los ojos de un taxista: Era su Paris; no importaba que fuera pobre, Paris estaba lleno de ellos, pero aun así le da la impresión de que se sienten en casa, afirmando que eso es lo que distingue a Paris de las demás metrópolis: no sentirse como un vagabundo.

29.-Repentinamente, tras haber filosofado sobre las calles de Paris, comienza a describir Nueva York, teniendo una sensación muy distinta a la de Paris; diciendo que hasta el más importante y rico se puede sentir insignificante en esa gran ciudad.

30.-En las calles comienza a notar carteles y muchos avisos sobre cómo estaba predominando el cáncer y la sífilis en Paris, cosa que lo aterroriza.

31.-Sin aviso alguno, Miller es despedido a causa de recorte de personal, como consecuencia tuvo que salirse del hotel donde se hospedaba y comenzar de nueva a holgazanear por las calles, durmiendo en bancas.

32.-Comienza a hacer amigos los cuales antes evitaba, para así poder sacarles comida.

33.-Miller habla sobre como la condición humana es una combinación de lo físico a lo espiritual.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Henry Miller – Trópico de Capricornio




Por Jorge Vanegas Aparicio

Henry Miller afirmó que desde temprana edad su actitud fue la de un hombre despreocupado por la vida, indiferente ante lo trascendental, apático a la realidad humana que se mostraba demasiado seria. Poco le importaba la vida de algún amigo que se estuviese muriendo, o la falta de un trabajo decente para alimentar a su familia. Y explica que fue esta condición de hombre desadaptado lo que lo convirtió en un paria, no sólo dentro de la sociedad norteamericana, sino también en el mundo de las letras (hay que recordar que este Trópico de Capricornio no vio la luz en Estados Unidos sino hasta la década de los sesenta, a razón de la censura yanqui).

La cuestión de Henry Miller es que decidió acceder a terrenos impensables, prohibidos para los rígidos preceptos morales de su tiempo; una característica que lo ha hecho ver siempre como un autor duro, pero también exquisito, desbordante en situaciones desgarradoras a la vez que patéticamente cómicas. No cabe duda de que él es un virtuoso de la individualidad, y de que en medio de todo ese feroz ataque que hace contra aquello que se llama humanidad, hay una prosa erótica que revela un verdadero mundo de desazón ¿Qué queda luego de echar un polvo con una completa desconocida?

Una gran aventura

Trópico de Capricornio (1938) es, en sí, una autobiografía más o menos fantástica que relata las peripecias de Henry Miller desde su infancia hasta su vida adulta. No se utiliza una narración lineal en la historia, ni siquiera un orden cronológico establecido; por ejemplo, el autor pasa de narrar un episodio de su vida como empleado a describir sus años de infancia en una calle de Brooklyn y, luego, a perderse en un brusca mixtura de prosa y lenguaje lírico. Su técnica narrativa es bastante provocativa, así como poco ortodoxa para los más convencionales; no obstante, el sentido de lo que desea narrar es descifrable haciendo que el lector pueda sentirse partícipe de la historia, narrada, cómo no, en primera persona.

Ahora, aunque la trama está fraccionada en episodios aislados, todos se conectan de una manera u otra gracias a la técnica narrativa de Miller: nos ubica espacial y temporalmente en sitios opuestos, pero termina compaginándolos sin ningún problema; un ejemplo de esto se ve cuando narra una experiencia de su niñez (la asistencia al funeral de su mejor amigo, en el cual decide tirarse un sonoro pedo), de la cual salta a su vida adulta, para contarnos los pormenores de su triste vida laboral.

Sintiéndose un desterrado de su tiempo, Miller—protagonista, nos hace ver que las miserias humanas están a la vuelta de la esquina, llegando a ser, a veces, sorprendentemente patéticas, según como las miremos. La historia del libro comienza cuando el autor consigue, casi por casualidad, un empleo como funcionario (en realidad lo contratan para espiar a los otros jefes) en la Compañía Telegráfica Cosmodemónica. A regañadientes acepta el puesto en el que observa con consternación la estructura de una empresa que se está pudriendo desde adentro.

Poco a poco logra ganarse la confianza de los altos mandos que lo ven como una especie de mal necesario para la compañía. Su trabajo se reduce a supervisar que no se contrate a toda la “escoria” de Nueva York (pordioseros, vagos, prostitutas, drogadictos, ladrones, ex -presidarios o gandules de poca monta). Sin embargo, él mismo no puede ser tan duro, pues un sentido piadoso le invade el alma. Termina dándoles algo a todos estos individuos:

“Constantemente me instaban a no ser demasiado indulgente, ni demasiado sentimental, ni demasiado caritativo. “¡Tienes que ser firme! ¡Tienes que ser duro!”, me advertían. “¡A tomar por culo!”, me decía para mis adentros. “Seré generoso, flexible, clemente, tolerante, tierno.” Al principio escuchaba a todos hasta el final; si no podía darles empleo, les daba dinero, y, si no tenía dinero, les daba cigarrillos o les daba ánimos. Pero ¡Les daba algo!” (Pág. 23)

Desde luego, allí conoce el rostro desfigurado de Estados Unidos. Dejando de lado el tan roído sueño americano, el autor hace un esbozo de la verdadera condición del estadounidense de la época o, mejor dicho, de aquellos extranjeros en proceso de conversión a la ciudadanía americana. Porque dicho sea de paso, los inmigrantes constituyeron el músculo de aquella nación, aun cuando fueron y siguen siendo vistos como una masa de bichos preparados para venderse por un par de monedas.

Miserias de un escritor

La situación económica del protagonista está lejos de ser la mejor: a pesar de tener un empleo como oficinista en esa importante empresa de telecomunicaciones, su mujer (June Miller) tiene que pedir prestado para comprar las viandas del hogar y, como él mismo dice, ni siquiera goza de una camisa en buenas condiciones. ¿Qué puede ser peor? Hasta tiene que robarle dinero al ciego que vende periódicos para poder pagarse el pasaje del metro.

Sin embargo, a pesar de tanta miseria, nuestro personaje se las arregla para follarse a escondidas a Valeska, la secretaria de la compañía; para irse de putas con su amigo judío Hymie (quien está obsesionado con los ovarios de su mujer); y para enredarse con su inmoral compinche Curley, un joven tramposo que disfruta acostándose con cuanta mujer ve en la calle. Al mismo tiempo, el protagonista de este Trópico trata de convertirse en un escritor, no demasiado profesional, relatando con extrema pesadumbre los eventos de aquella alocada época.

El horror de la ciudad

En efecto, si de algo puede jactarse esta obra es de que consigue hacer una descripción alucinante del Nueva York de comienzos del siglo XX. Para el autor, la ciudad es el epicentro fastuoso del progreso, pero advierte que es un sitio salvaje, desesperanzador y destructivo porque multiplica las desdichas de sus ciudadanos.

“De noche las calles de Nueva York reflejan la crucifixión y la muerte de Cristo. Cuando el suelo está cubierto de nieve y reina un silencio supremo, de los horribles edificios de Nueva York sale una música de desesperación y una ruina tan sombrías, que hace arrugarse la carne. No se puso piedra alguna sobre otra con amor ni reverencia; no se trazó calle alguna para la danza ni el goce. Juntaron una cosa a otra en una pelea demencial para llenar la barriga y las calles huelen a barrigas vacías y barrigas llenas y barrigas a medio llenar” (Pág. 54)

Lo realmente monstruoso de la urbe occidental es su capacidad para destruir cualquier atisbo de individualidad en el hombre. Miller es consciente de ello y, en consecuencia, su crítica se dirige a la penosa condición en la que una parte de la sociedad neoyorquina se encontraba por aquel entonces, en especial aquella compuesta por la multitud cada vez más creciente de inmigrantes que copaban las calles de la ciudad (italianos, irlandeses, escoses, polacos, alemanes, ingleses, rumanos, rusos, chinos, japoneses, filipinos, árabes, etcétera), todos ellos sufriendo en carne propia los rigores del sistema.

Por otra parte, tenemos la violencia que surge como consecuencia de esta sobrepoblación: los índices de criminalidad se disparan de forma alarmante, el robo es el pan de cada día en las calles, la camorra y el asesinato por cualquier insignificancia surgen a la vuelta de la esquina. Miller adereza tal fenómeno con unos cuantos episodios de personas que habían sido repartidoras suyas en la compañía telegráfica; tal es el caso del degollamiento de un pacífico hombre hindú a manos de su amante; la muerte de un tal Dave Olinski al que le dejaron la cabeza hecha puré por reclamarle a un pandillero; o la triste historia de un matrimonio fracasado cuyo esposo, excombatiente de la Gran Guerra, terminó asesinando a sus hijos a punta de cachiporra y saltando por la terraza del edificio.

¿En qué otro sitio se puede percibir el horror si no es en la absurda cotidianidad de la ciudad? ¿Qué es lo que hace que las ciudades estén tan abarrotadas de situaciones demenciales? ¿Qué hace que una persona, en apariencia normal, termine por caer en el abismo de la locura?

Resumiendo, es el horror de la ciudad lo que produce el desequilibrio mental de muchos de los buenos ciudadanos, agravada por una neurosis de guerra mal tratada, por las penurias sufridas a causa de las deudas contraídas a voraces entidades bancarias o por la atroz monotonía del mundo laboral. Esto por no hablar de la enfermedad física y moral de sus gentes. Miller pinta un cuadro tremendista que se muestra crudo, duro y grotesco, exento de toda moralidad que pretenda juzgar tal o cual acción por parte de los personajes involucrados. El autor es despiadadamente imparcial en este aspecto, y la moralidad se la deja a sus conciudadanos más acérrimos de la ética y las normas.

Conocerse a sí mismo

Es el oficio de escritor lo que ayudará a la exploración mística de Miller, pues él concluye que el verdadero sentido de su existencia sólo se consigue forma al expresar sus ideas. Su formación literaria la adquiere a golpes, a empujones y machacones; su exploración como literato lo obliga a escribir de forma prosaica las experiencias que va adquiriendo. En suma, deja claro que su afición lo induce a seguir escribiendo, pese a que no lo haga profesionalmente. Asimismo, termina por aceptar que la mejor estrategia para evadir la locura del mundo moderno es conocerse a sí mismo.

Miller admite con nihilismo que el verdadero sentido de la vida se encuentra en no hacerle el juego a los artificios que se autoimpone el ser a lo largo de su existencia. Por ello admite que la primera fase de separación con esa realidad abrumadora consiste en el conocerse a sí mismo antes que salir en una búsqueda exterior. La propuesta esgrimida por el protagonista intenta establecer que es el individuo quien finalmente debe estudiar su alma para poder aceptar su autonomía, asumiendo un completo control del destino y evitando caer en la parsimonia cotidiana. Quien labra su propia existencia, quien se despierta del letargo que él mismo se impone es quien consigue liberarse del yugo de la sociedad, pero esto sólo será posible cuando el hombre tenga las agallas de hacer una aventura hacia el yo personal:

“Pues sólo existe una gran aventura y es hacia adentro, hacia uno mismo, y para ésa ni el tiempo ni el espacio, ni los actos, siquiera, importan” (Pág. 11)

Tal descubrimiento exige que sea llevado sin ninguna ayuda externa. Este despertar espiritual requiere que el hombre haga una inspección solitaria de su yo íntimo sin la intromisión de terceros:

“No puedo pensar en calle alguna de América, ni en persona que viva en ella, capaces de enseñarle a uno el camino que conduce al descubrimiento de sí mismo…Yo era uno solo, una sola entidad en medio de la mayor francachela de riqueza y felicidad…, pero nunca conocí a un hombre que fuese verdaderamente rico ni verdaderamente feliz. Yo por lo menos sabía que era desgraciado, que era pobre, que era desarraigado, que desentonaba” (Pág. 11)

Sintetizando, Miller se reconoce como una especie de isla, inaccesible para los otros, solamente él comprende su angustia y sólo él tiene el compromiso de sobrellevarla como mejor pueda.

Lo real erótico

Si por algo destaca Miller en su trabajo literario es por las abundantes escenas de sexo, a menudo narradas con un realismo indecoroso. Sus escenas sexuales se pueden definir más como una lucha o contienda que como un acto donde predomina el amor entre pareja. Para el autor norteamericano, lo trascendental es fornicar de cualquier manera, con quien sea y bajo las circunstancias que se le presenten; lo mismo da hacer el amor en una cama que en el lavabo del edificio o en un automóvil aparcado en medio del desierto, lo importante es conseguir meterle mano a una chica y esperar no quedar infectado de algo más grave que ladillas en la entrepierna.

“Me parece extraño que de la música siempre se pasara al sexo. Por las noches si salía a dar un paseo, estaba seguro de ligarme a alguna: a una enfermera, a una chica que salía de un baile, a una dependienta, cualquier cosa con faldas. Si iba con mi amigo McGregor en su coche…hacia medianoche me encontraba sentado en una sala de estar ajena en un barrio extraño con una chica en las rodillas que por lo general me importaba un pito…” (Pág. 205)

El sexo casual es el verdadero compromiso del protagonista de la novela, la única preocupación de este se reduce a cuestionarse el porqué de la extraña relación del sexo con la música. En efecto, el personaje principal que es un pianista amateur, ve con curiosidad que cada vez que suena la música el ambiente la lujuria salta por los aires. Ya sea que se esté ligando a una mojigata en un lago, a la hermana de la novia de amigo, o a la chica a la que le da clases de piano, todo se vuelve una excusa para poder tener relaciones. Dicho sea, jamás demostró remordimiento alguno por cada encuentro sexual:

“Así que fingí sentirlo terriblemente y dije que no hablaba en serio, que había sentido un miedo de muerte, y que si patatín y patatán, y mientras le hablaba dulce, tranquilizadoramente, le deslicé la mano por la cintura y le acaricié el culo con suavidad. Eso era lo que quería. Me estaba hablando entre sollozos de lo buena católica que era… y quizá estuviera tan absorta en lo que estaba diciendo, que no se daba cuenta de lo que estaba haciendo yo… debió de sentir algo porque le tenía metidos tres buenos dedos y los movía alrededor como bobinas locas” (Pág. 200)

Sobre el autor

Henry Miller vio la luz un 26 de diciembre de 1891 en Nueva York, era hijo de un sastre alemán, la mayor parte de su niñez la vivió en la calle, donde reconoce que aprendió más que en la propia escuela. Cuando su padre le dio el dinero suficiente para que ingresara a la universidad, prefirió derrocharlo con una amante mucho mayor que él. Tuvo disímiles trabajos durante toda su vida, se desempeñó como labrador, oficinista e, incluso, obrero.

Su viaje a París estuvo acompañado por la pobreza, siempre rodeado de mujeres de dudosa reputación. Fue censurado en su país natal —al que le guardaba un profundo rencor—, Gran Bretaña y Suecia. Su obra literaria fue objeto de análisis jurídicos en otras naciones debido a su contenido sexual, descrita con frecuencia como cruda, procaz y lo suficientemente obscena como para no permitír su publicación en ningún rincón del planeta. Su consagración artística no llegó sino hasta los setenta años de edad, cuando ya estaba a punto de extinguirse. Murió en California el 7 de junio de 1980. Henry Miller siempre se destacó por su actitud marginal en contraposición a los valores imperantes y a las normas establecidas.

Esta obra de Miller revela las miserias humanas, la lucha eterna por no caer en el absurdo cotidiano, la exploración mística de un escritor en formación, el sexo duro y sin tapujos, las situaciones cómicas tupidas de un negro sentido del humor y el calco de una sociedad americana que no se veía tan inocente como aparentaba; pero también, la remembranza de un tiempo perdido en los confines vivenciales del autor, confesando cada uno de sus sinsabores familiares, laborales y sexuales.

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jueves, 6 de agosto de 2015

Sexus, Plexus y Nexus de Henry Miller

Trilogía también conocida con el nombre de "La crucifixión rosada", del magnífico novelista estadounidense Henry Miller. Polémico durante toda su carrera literaria, su obra pretende romper con la falsa moral y los tabúes sexuales de la puritana América del momento. Sufrió la continua censura de sus novelas por obscenas, aunque continuaban distribuyéndose en un mercado paralelo de forma ilegal. Se considera el padre de la posterior revolución sexual.

Su obra es semiautobiográfica, está inspirada en parte en experiencias que le proporciona su agitada vida que narra sin censura, con desgarradora crudeza e intensa sensualidad. Miller consideraba que sólo se podía llegar a la redención personal a través de experiencias límite y esto se refleja de forma evidente en la intensidad y libertad que transmiten sus escritos, aunque también es clara la influencia de su interés por el resto de las artes, en concreto por la música y la pintura, que se aprecia en la musicalidad de su prosa y en sus descripciones, de fuerte componente visual.

Los libros que conforman esta trilogía son el mejor ejemplo de su literatura y nos introducen de lleno en el universo milleriano, tremendamente vital, exagerado, embriagador, sorprendente, imprevisto, profundo, cínico y en ocasiones aparentemente contradictorio, siempre a la búsqueda de "realidades esenciales" de la existencia.

Sexus, cronológicamente el primero de los tres, habla de la relación entre el protagonista y su amante, una bailarina con la que mantiene durante años una pasional historia de amor y odio donde el sexo explícito es una constante, intercalado con otros elementos profundos como interesantes análisis de sentimientos o reflexiones filosóficas. Realmente el autor hace un ejercicio introspectivo en el que intenta comprender el "yo" masculino y acercarse al misterio de la condición femenina, a la vez que transmite unas desbordantes ganas de vivir y de experimentar.

Plexus es el volumen intermedio y trata de la lucha del autor por abrirse camino en la literatura, de su pasión desbordante y arrebatadora por la escritura que se convierte en el eje y motor de su vida desechando por ella cualquier atadura u obligación. Supone una reflexión sobre la literatura, sobre la sociedad capitalista y sobre el encuentro del hombre consigo mismo.

Nexus completa la serie y probablemente sea la mejor de las novelas de Miller. Aborda las problemáticas relaciones con su segunda esposa, la búsqueda de sus raíces culturales en Europa, el sexo vivido como experiencia mística y las dificultades para sobrevivir en la sociedad sin renunciar a la literatura.

En definitiva libros rompedores, fundamentales en la renovación de la narrativa del siglo XX, carentes de perjuicios y de enorme fuerza expresiva, que profundizan en lo más hondo del ser humano, y por tanto apasionados y muy interesantes. Miller necesitaba vivir intensamente para escribir intensamente y ninguna de las dos cosas resulta fácil.


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lunes, 3 de agosto de 2015

Trópico de Cáncer de Henry Miller (3)

Esta obra fue publicada por primera vez en 1934 por la editorial Obelisk, en Paris. Su publicación en Estados Unidos en1961, a manos de la editorial Grove, llevó a un extenso juicio por obscenidad que puso a prueba las leyes estadounidenses relativas a la pornografía en la década del ‘60. Mientras es famoso por su franca y frecuentemente gráfica descripción del sexo, el libro también es reconocido como una importante pieza maestra de la literatura del siglo 20.
Trópico de CáncerLa novela transcurre en Francia (principalmente en Paris) durante la década del ‘30. Está escrita en primera persona, como muchas de las novelas de Miller, y frecuentemente fluctúa entre el pasado y el presenteAlgunos capítulos siguen una estricta narrativa y se refieren a amigos de Miller, colegas, y lugares de trabajo, otros están escritos a manera de reflexiones de corrientes de conciencia. Hay muchos pasajes describiendo explícitamente los encuentros sexuales del narrador, pero el libro no se centra únicamente en este detalle.
La novela incluye un prefacio acreditado a Anaïs Nin (si bien en realidad se le atribuye al propio Miller).
Henry Valentine Miller, nacido el 26 de diciembre de 1891, fue un escritor y pintor estadounidense. Es conocido por romper con los convencionalismos literarios de su época, y desarrollar una nueva clase de “novela”, que es una mezcla de novela, autobiografía, crítica social, reflexión filosófica, libre asociación surrealista, y misticismo, algo distintivo es la expresión de la vida real de Henry Miller y aún así continúa siendo ficción. Sus trabajos más característicos de esta clase sonTrópico de CáncerTrópico de Capricornio, y Primavera Negra. También escribió memorias de viajes y ensayos de análisis y crítica literaria.

Miller nació de la unión del sastre Heinrich Miller y Louise Marie Neiting, en la sección Yorkville, en Manhattan, New York, en el seno de una familia germano católica. De niño vivió en el número 662 de la Avenida Driggs, en Williamsburg, Brooklyn.
En su juventud, fue un activo miembro del Partido Socialista (su ídolo era el socialista Hubert Harrison), pasó por variados trabajos y asistió brevemente al Colegio de la Ciudad de New York. En 1928 y 1929, pasó varios meses en Paris con su segunda mujer, June Edith Smith (June Miller). Se mudó a Paris al año siguiente sin compañía, donde vivió hasta el Parísestallido de la Segunda Guerra Mundial. Llevó una vida de extrema pobreza dependiendo de la benevolencia de los amigos, tales como Anaïs Nin, que eventualmente se transformó en su amante y financió la primer impresión deTrópico de Cáncer en 1934.
En el otoño de 1931, Miller obtuvo un trabajo con el periódico Chicago Tribune (en su edición parisina) como corrector literario, gracias a las gestiones de su amigo Alfred Perlès, que trabajaba allí. Miller aprovechó la oportunidad para enviar algunos de sus artículos bajo el nombre de Perlès, dado que sólo el cuerpo editorial tenía permitido publicar en el periódico en 1934. Este período en Paris fue extremadamente creativo para Miller, y durante este tiempo también estableció una significativa e influyente red de autores circulando alrededor de Villa Seurat.
Sus trabajos contienen detallados relatos de experiencias sexuales, y sus libros hicieron mucho para liberar el debate de temáticas sexuales en la literatura estadounidense de las restricciones legales y sociales.
Continuó escribiendo novelas que fueron prohibidas en Estados Unidos bajo la base de obscenas. Junto con Trópico de Cáncer, su Primavera Negra (1936), y Trópico de Capricornio (1939), fueron contrabandeadas a su país nativo, fomentando una reputación de culto y subterránea en Miller. Uno de los primeros en descubrir a Henry Miller como uno de los mayores escritores modernos fue George Orwell, en su ensayo de 1940, Dentro de la Ballena, en el cual escribió:
“Aquí en mi opinión es el único escritor de prosa imaginativo de valor que ha aparecido entre las razas de habla inglesa desde ya hace algunos años. Aún si esto es objetado como una sobrevaloración, probablemente se admitirá que Miller es un escritor fuera de lo ordinario, merecedor de más que un vistazo; y después de todo, es un escritor completamente negativo, Henry Millerinconstructivo y amoral, un mero Jonah, un aceptador pasivo de la maldad, una especie de Whitman entre los cadáveres.”
En 1940, regresó ha Estados Unidos, asentándose en Big Sur, California, y continuó produciendo sus vívidos escritos, que desafiaban los valores culturales y actitudes morales del Estados Unidos contemporáneo. Pasó sus últimos años en Pacific Palisades, en Los Angeles, California.
Mientras Miller se establecía en Big Sur, los libros del trópico, aún prohibidos en Estados Unidos, se publicaban en Francia. Allí comenzaban a adquirir una lenta pero firme notoriedad entre los europeos de los diversos enclaves culturales de exiliados estadounidenses. Como resultado, los libros eran frecuentemente contrabandeados a Estados Unidos, donde probarían ser una enorme influencia en la nueva generación beat de escritores (el más notable de ellos Jack Kerouac) algunos de los cuales adoptarían muchos principios estilísticos y temáticos de la obra de Miller.
La publicación de Trópico de Cáncer en Estados Unidos en 1961 llevó a una serie de juicios por obscenidad que testearon las leyes estadounidenses de pornografía. La corte Suprema de la Nación, determinó que se trataba de un trabajo literario, uno de los eventos más resonantes en lo que se dio en llamar la revolución sexual.
En adición a sus aptitudes literarias, Miller fue pintor y escribió libros acerca de sus obras en esta disciplina. Fue amigo cercado del pintor francés Grégoire Michonze. También se destacó en el piano como concertista amateur.

Trópico de Cáncer de Henry Miller (2)

Es interesante recordar que la primera novela de Henry Miller, publicada en Francia en 1934, fue prohibida en Estados Unidos durante casi 30 años. El puritanismo reinante se quedó con las escenas más sórdidas, sin intentar comprender por qué Miller las incluía en el largo peregrinaje de su protagonista. No es sexo lo único que hay en Trópico de Cáncer, aunque es verdad que el sexo es el punto de partida de la experiencia vital que narra. Sería más justo decir que la comida y el sexo son, y en ese orden, dos necesidades básicas, primarias, animales, que determinan cualquier acción posterior. Como no tiene dinero, el aprendiz de escritor siente y resiente la falta de alimento, pero como le resulta más fácil conseguir una mujer que un plato de comida, el placer que ellas le proporcionan lo nutre y llena de energía.

Miller narra un exilio voluntario que se traduce en un diario vagabundear por las calles de París. ¿Qué busca en esos paseos sin una meta concreta? Vivir, absorber lo que el día le depare, observar la ciudad, conocer gente, asimilar el paisaje, la vivencia cultural.
¿Podría considerarse una novela de aprendizaje? En cierta manera sí, porque la razón del exilio en París es que el escritor en ciernes pueda formarse, sin embargo el personaje no es tan joven como en las novelas de aprendizaje clásicas, por lo tanto su aprendizaje no es espontáneo, como corresponde a un escolar, ni siquiera a un universitario. En Trópico de cáncer, el acto de aprender es un acto voluntario que parte de una decisión personal, arriesgada, y libre:
“No tengo ni dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, pensaba que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros por escribir, gracias a Dios. Entonces, ¿esto? Esto no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del arte, una patada en el culo de Dios, al hombre, al destino, al tiempo, al amor, a la belleza… a lo que os parezca. Voy a cantar para vosotros, desentonando un poco tal vez, pero voy a cantar.Cantaré mientras la diñáis, bailaré sobre vuestro inmundo cadáver…
Para cantar, primero hay que abrir la boca. Hay que tener dos pulmones y saber un poco de música. No es necesario tener acordeón ni guitarra. Lo esencial es querer cantar. Así, pues, esto es una canción. Estoy cantando.” (pág. 10).
Las intenciones literarias quedan claras desde un principio, hay un claro deseo de buscar nuevos lenguajes, de trasgredir para encontrar un mundo oscuro pero real, de apartarse de lo ya narrado y conocido:
“Ahora sólo hay una cosa que me interesa vitalmente y es consignar todo lo que se omite en los libros. Que yo sepa, nadie está utilizando los elementos del aire que dan dirección y motivación a nuestras vidas.” (pág. 20).
Y por supuesto que hay una propuesta literaria muy clara, una estética personal que dspliega como una bandera:
“He hecho un pacto tácito conmigo mismo: no cambiar ni una línea de lo que escribo. No me interesa perfeccionar mis pensamientos ni mis acciones. Junto a la perfección de Turgueniev coloco la perfección de Dostoyevski. (¿Hay algo másperfecto que El eterno marido?). Ahí tenemos, pues, dos tipos de perfección en un mismo medio. Pero en las cartas de Van Gogh hay una perfección que supera a una y a otra. Es el triunfo del individuo sobre el arte.” (pág. 20).
Al establecer sus modelos, Miller plantea su teoría literaria personal: que la fuerza de lo narrado irrumpa sin límites, y que la armonía final sea el resultado de ese esfuerzo en donde lo formal queda al servicio de la libertad para tratar y seleccionar el contenido.
La bohemia que Henry elige, es un arma de doble filo. Por un lado, él quiere ser libre y moverse con total independencia, por otro carece de ingresos que le permitan trabajar en su novela:
“Cuando estás en semejante aprieto, es difícil saber qué es peor: no tener dónde dormir, o no tener dónde trabajar. Dormir se puede casi en cualquier parte, pero hay que tener un sitio para trabajar. Aún cuando no estés haciendo una obra maestra. Hasta una novela mala requiere una silla en que sentarse y un poquito de intimidad.” (pág. 42).
Recuerda a Virginia Wolf en Una habitación propia, en donde aparece la misma demanda a favor de las mujeres: ¿cómo pueden escribir si no tienen un espacio para ello que las aleje del ámbito doméstico en donde se deben a todos?
“No necesitas los brazos ni las piernas para escribir. Necesitas paz, seguridad, protección. Todos esos héroes que desfilan en sillas de ruedas… es una lástima que no sean escritores…. Lo único que desearía sería una buena silla de ruedas y tres comidas al día. Entonces les daría algo para leer, a esos capullos…” (pág. 131).
Pero cuando la seguridad y una buena comida le quitan su libertad, prefiere rechazarlas. Lo que más valora es sentirse dueño de su tiempo, de su espacio, de su deambular. Rechaza algunos trabajos como el de Serge, porque no se siente a gusto viviendo en su casa:
“No tengo valor para decirle que me marcho. Dejo la mochila con las pocas cosas que me quedaban. Cuando llegamos a la Place Péreire salto del camión. No hay un motivo particular para apearme aquí. No hay motivo particular para nada. Soy libre: eso es lo principal…
Ligero como un pájaro, revoloteo de un barrio a otro. Es como si hubiera salido de la cárcel. Miro el mundo con ojos nuevos. Todo me interesa profundamente. Hasta las menudencias.” (pág. 84).
Este es el tipo de vida que busca para poder convertirse en un escritor. Un hombre que no tiene ataduras de ninguna clase, ni siquiera afectivas. Porque sabemos que su mujer, Mona, partió de regreso a Estados Unidos, incapaz, imaginamos, de seguirlo. La aparente falta de compromisos que él reclama como un derecho, puede ser insufrible para una compañera. Sólo el individuo que lo siente así, es capaz de asumirlo. Porque recibe algo a cambio: la experiencia de asumirla, el gusto del vagabundeo, la falta de directrices, la capacidad de disfrutar lo que llega y la capacidad de asumir las faltas de lo que no llega: la comida, una vivienda, un trabajo estable y un salario fijo.
La novela se enriquece mucho con las descripciones de los paseos que realiza Henry por la ciudad. El ojo del buen narrador capta la poesía de lo cotidiano, las imágenes son bellas, hilvana los elementos con sabiduría, reflexiona con sensibilidad.
Sorprenden los cambios bruscos de escenas: después de una descripción física en donde hay sudor, semen, sangre, pelos y caca, Miller es capaz de hacernos vibrar con una descripción poética sobre el paisaje, por ejemplo. O también es capaz de involucrarnos en un coito en donde no ahorra detalles, para guiarnos inmediatamente a través de una reflexión filosófica sobre la condición humana del personaje que se acaba de afanar a la prostituta.
La angustia existencial del protagonista que experimenta con renovada voracidad todo lo que cae en sus manos no se sosiega cuando se sacia el cuerpo. Y por la necesidad de insistir: su insatisfacción es crónica, nada llena el vacío, no encuentra respuestas, ni paz, ni armonía. Sigue circulando porque quiere descubrir si hay algo más allá de lo inmediato. La búsqueda adquiere sentido mezclada con su labor creativa, que es lo único que lo mueve hacia adelante.
La libertad por la que él apuesta, le pasa facturas: hambre, incomodidades, sordidez del medio que se puede permitir, pero está dispuesto a pagarlas antes que claudicar. Sin embargo hay dos momentos en donde acepta trabajo: uno como corrector de pruebas, otro en un colegio como profesor de inglés. En ambos casos intenta que las experiencias le aporten algo de conocimiento del mundo. Pero para el protagonista de Trópico de Cáncer, la situación ideal es la soledad, quizá eso explique su exilio en un país extranjero:
“Soy un hombre libre y necesito mi libertad. Necesito estar solo. Necesito meditar sobre mi vergüenza y mi desesperación en soledad, necesito el sol y los adoquines de las calles sin compañía, sin conversación, cara a cara conmigo mismo, con la compañía exclusiva de la música de mi corazón.” (pág. 77)
La insistencia en el aspecto animal del hombre, en lo instintivo, en lo físico, responde a una concepción de lo humano que tiene ese lado y que no hay por qué esconderlo, maquillarlo, o transformarlo. Todos orinamos, todos defecamos, todos tenemos relaciones sexuales sin necesidad de romanticismo, todos nos embriagamos y vomitamos alguna vez. Y quien diga que no, parece sugerir Miller, es un mentiroso, o un limitado. Lo interesante es que Miller no se queda en ese estadio: lo narra, lo vive, lo disfruta, pero trasciende al aspecto espiritual y filosófico. La novela está plagada de reflexiones contundentes sobre la condición humana, la guerra, la pobreza, la crueldad, la violencia, el egoísmo.
Una escena conmovedora es cuando contratan, él y su amigo Van Norden, a una prostituta por 15 francos. Nada queda fuera de la situación: el hambre de ella, la falta de ganas de los tres, la ansiedad de ella que sabe que tiene que cobrar esos 15 francos, la sensación de Van Norden de tener que sacarle partido a sus 15 francos a pesar de las circunstancias adversas, etc. La realidad que prometía erotismo, resulta patética. La subjetividad de los tres pesó demasiado y el esfuerzo por hacer las cosas como estaban programadas no funcionó. El monólogo de Henry en esta ocasión está impregnado de desazón, de soledad, de tristeza. El sexo pudo ser un desahogo, pero fue un fracaso. Hombres y mujeres involucrados no son marionetas de los deseos, tienen un mundo interior que les juega una mala pasada. O no.
Miller insiste en la sordidez de los apetitos humanos. Señala con frecuencia los límites a los cuales se puede llegar cuando el deseo manda. No creo que existe un solo lector que no reconozca que todos los seres humanos tenemos un lado oscuro, a veces inexpresado. Todos. Aún los más sofisticados, elegantes, o bellos:
“Sin duda en su mundo todo eran gasas y terciopelo… o al menos esa era la impresión que daban con los finos perfumes que exhalaban al pasar presurosas a tu lado… Y quizá cuando se quedaban solas, cuando hablaban en voz alta en la intimidad de sus tocadores, también salieran de sus bocas cosas extrañas, porque en ese mundo, como en cualquierotro, la mayor parte de lo que ocurre es porquería e inmundicia, sórdido como un cubo de basura, sólo que tiene la suerte de poder tapar el cubo.” (191-2).
Una mujer fina y una prostituta, de aquellas que pululan por Trópico de cáncer, sólo difieren en las formas, en cómo articulan su mundo interior. Miller está influenciado por el surrealismo que está de moda en Francia en aquellos años: lo onírico, el inconciente, las pesadillas de la imaginación que salen a la luz y se convierten en temas u objetos artísticos. Miller insiste hasta la saciedad en este aspecto de la vida: en esos instantes en donde lo más primario se expresa como tal. Los personajes de Trópico de cáncer deambulan entre los urinarios, los prostíbulos, las viviendas pobres y sucias, las borracheras, la soledad. Difícilmente encontramos escenarios reconfortantes, la decadencia es la norma porque es el ambiente que ha elegido Henry para su vida de aprendizaje:
“En América”, dice, “es que ni se te ocurriría vivir en una queli como ésta. Incluso cuando no daba golpe dormía en habitaciones mejores que ésta. Pero aquí parece natural…” (pág. 142).
El autor señala una oposición constante entre la cultura americana y la cultura europea. La comparación apuntala la elección del personaje que se traslada a Europa como si éste fuera un continente paradisíaco que le permitirá crecer intelectualmente. Y desde luego, lo consigue, a pesar de la vida de vagabundo que lleva. Hay algo en el aire que es estimulante. Sorprende ver cómo el protagonista, que es un autodidacta, incorpora en sus discursos menciones a obras de artistas muy destacados como Proust, Conrad, Matisse, Ravel, etc. El contacto con la cultura que flota en el ambiente lo enriquece. Destaca una reflexión sobre la pintura de Matisse, plagada de imágenes acertadas y bellas, en sintonía perfecta con el espíritu del pintor, a pesar de que el mundo que aparece en las telas de Matisse y el mundo que recoge en sus páginas Miller son diametralmente opuestos. Pero el arte no tiene fronteras.
El análisis que hace del contraste entre América y Europa queda patente en este párrafo cuando imagina el encuentro en París con su mujer americana:
“Si de verdad llega alguna vez, puede buscarme abajo, junto al retrete. Probablemente me diga al instante que es insalubre. Esa es la primera cosa que ven en Europa las mujeres americanas: que es insalubre. Les resulta imposible concebir un paraíso sin instalaciones sanitarias modernas. Si encuentran una chinche, quieren escribir una carta a la Cámara de Comercio. ¿Cómo voy a poder explicarle que estoy contento aquí. Dirá que me he vuelto un degenerado. Me conozco su rollo de principio a fin. Querrá que busquemos un estudio con jardín… y bañera, seguro. Quiere ser pobre de forma romántica. La conozco. Pero esta vez estoy preparado.” (pág. 167).
Parte importante de su aprendizaje ha sido un voluntario cambio de perspectiva, un tomar distancia para descolocarse o recolocarse. De esa manera obtiene el valor añadido del exilio: convertirse en un hombre nuevo y libre de ataduras afectivas:
“Ya no soy americano, ni neoyorkino, y menos aún europeo ni parisino. Ya no debo lealtad a ningún país, ni tengo responsabilidades, ni odios, ni preocupaciones, ni prejuicios, ni pasión. No estoy ni a favor ni en contra. Soy neutral.” (pág. 167).
En un momento, el protagonista capta el espíritu de París a través de la mirada de un taxista sobre su ciudad:
“… fue la intimidad con que su mirada descansó sobre la escena. Era su París. No hace falta ser rico, ni ser un ciudadano siquiera, para sentirse así con parís. París está lleno de gente pobre: la legión de mendigos más orgullosos y sucios que haya pisado la tierra, me parece a mí. Y, aún así, dan la impresión de estar en casa. Eso es lo que distingue al parisino de las otras metrópolis.” (pág. 79).
Inmediatamente describe Nueva York. El tono cambia bruscamente, la percepción se enfría, el espíritu obedece a la acumulación de elementos que conviven sin armonía y una carencia total de mística:
“Cuando pienso en Nueva York tengo una sensación muy diferente. Nueva York hace que hasta un rico se sienta insignificante. Nueva York es frío, reluciente, maligno. Dominan los edificios. Hay como un frenesí atómico en la actividad que se produce; cuanto más frenético el ritmo, más disminuido el espíritu. Un fermento constante, pero igual daría que se produjera en un tubo de ensayo. Nadie sabe de qué se trata. Nadie dirige la energía. Estupendo. Grotesco. Desconcertante. Un tremendo impulso reactivo, pero carente por completo de coordinación.” (pág. 80).
El erotismo en Trópico de cáncer es un erotismo masculino, de macho que ejerce su poderío físico sin contemplaciones. El juego no es de a dos, hay violencia en el impulso del hombreo que penetra y se sacia:
“Voy a alisarte todos los pliegues del coño, Tania, colmado de semen. Te voy a enviar a casa junto a tu Sylvester con dolor en el vientre y la matriz del revés. ¡Tu Sylvester! Sí, él sabe encender un fuego, pero yo sé inflamar un coño. Te disparo dardos encendidos dentro, Tania, te pongo los ovarios incandescentes. ¿Está un poco celoso tu Sylvester ahora? Siente algo, ¿verdad? Siente los rastros de mi enorme picha. He ensanchado un poco las orillas, he planchado los pliegues. Después de mí puedes recibir garañones, toros, carneros, ánades, san bernardos. Puedes embutirte el recto con sapos, murciélagos, lagartos. Puedes cagar arpegios, si te apetece, o templar una cítara en tu ombligo.” (pág. 14).
¿Qué sentido tiene la presencia constante de lo obsceno, de lo chocante, de la crudeza en ciertas escenas, en esta novela?:
“… las ampulosas páginas de éxtasis manchadas de excrementos. E incorporo mi lodo, mi excremento, mi locura, mi éxtasis, al gran circuito que circula por los subterráneos de la carne. Todo ese vómito espontáneo, indeseable, embriagado, seguirá manando sin cesar, por las mentes de los que han de venir a la vasija inagotable que contiene la historia de la raza. Codo a codo con la raza humana corre otra raza de seres, los inhumanos, la raza de los artistas, que, estimulados por impulsos desconocidos, toman la masa inerte de la Humanidad y, mediante la fiebre y el fermento de que la imbuyen, convierten esa pasta húmeda en pan, el pan en vino, y el vino en canción…
Y todo lo que no alcance el nivel de ese espectáculo espantoso, todo lo que sea menos escalofriante, menos aterrador, menos demencial, menos embriagador, menos contagioso, no es arte.” (pág. 275).
Esto es la teoría literaria del autor, su búsqueda personal en su rol de provocador. El lector debe conmoverse, sacudirse, incluso reventar si es necesario, pero nunca quedar indiferente:
“Más obscena que nada es la inercia. Más blasfema que el juramento más horrible es la parálisis.” (pág. 270).
La intención de integrar en la condición humana lo físico (lo animal, lo bestial) con lo espiritual (lo filosófico, lo intelectual), es evidente. Y es constante. Lo curioso es que parte siempre de lo físico y luego salta a lo conceptual en un vaivén que a veces puede marear al lector. Los personajes pueden encontrarse embuidos en escarceos voluptuosos con unas prostitutas y de pronto la visión de un coño, o una raja, puede conducir al protagonista a una crisis existencial de grandes proporciones. Coño y raja se convierten en símbolos y movilizan la angustia. Este, creo yo, que es el gran aporte de Trópico de cáncer, la integración de los extremos y la profundidad, sin concesiones, en el tratamiento de cada uno de ellos. Respecto a lo físico, puede hastiar, pero no se detiene por ello, llega al fondo. Respecto a lo filosófico puede aburrir al lector si se queda fuera, pero tampoco se inhibe el autor por ello: sigue hasta el fin el desarrollo de su pensamiento.
Me gustaría cerrar con un párrafo que resume lo planteado con maestría:
“Sin embargo, no me puedo quitar del pensamiento la discrepancia existente entre las ideas y la vida. Una dislocación permanente, aunque intentemos cubrir unas y otras con un toldo brillante. Y no servirá de nada. Las ideas tienen que ir unidas a la acción; si no hay sexo ni vitalidad en ellas, no hay acción. Las ideas no pueden existir solas en el vacío de la mente. Las ideas están relacionadas con la vida, ideas hepáticas, ideas renales, ideas intersticiales, etc. Si hubiera sido sólo una idea Copérnico habría hecho añicos el macrocosmos existente y Colón habría zozobrado en el mar de los Sargazos. La estética de la idea produce macetas y las macetas se colocan en el alféizar de la ventana. Pero, si no hubiera lluvia ni sol, ¿de qué serviría colocar las macetas fuera de la ventana?” (pág. 261-2).

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Trópico de Cáncer de Henry Miller (1)

¿Por qué Miller llama a este libro Trópico de Cáncer? Tal vez sea un nombre escogido al azar o puede que para él fuera simbólico, pero yo apenas he encontrado referencias en su lectura para saberlo. Hay un momento en que dice: Tienes que estar en un país extraño como Francia, caminando por el meridiano que separa los hemisferios de la vida y la muerte, para saber qué incalculables perspectivas se abren ante ti.Y tampoco es que esto aclare mucho. Sin embargo años más tarde repitió con Trópico de Capricornio. Lo evidente es que desde su primer libro, que es este, Miller ya sabía qué quería transmitir y cómo hacerlo, y lo hace con todas las trazas de un escritor experimentado. Las reflexiones que encontramos sobre la escritura y los escritores demuestran que había reflexionado mucho al respecto.

 Miller llega procedente de Estados unidos al París de los años 30, como tantos otros artistas, a comenzar su carrera como escritor. Su mujer, Mona, le envía dinero desde Nueva York pero no es suficiente para sobrevivir y tiene que buscar trabajo de lo que sea: asistente personal, corrector en un periódico, profesor de inglés... y si no hay trabajo recurrir a amigos y conocidos a quien sonsacar una invitación a comer o pedir unos sous. Tales eran las privaciones por las que pasó. No fueron, ni para él ni para muchos otros, unos comienzos fáciles. Pero también había diversión, anécdotas con los amigos, con las mujeres, un mundo estrafalario de extranjeros en París, todos desarraigados, buscando su lugar con desesperación, con un futuro incierto por delante en una ciudad que quizá no era lo que esperaban.

Y en esto consiste este libro, en gran medida autobiográfico, en hablar sobre esas personas que conoció, los buenos y malos momentos, las anécdotas, las reflexiones sobre el mundo, sobre París, la literatura, la Sociedad... variedad de temas que mirados por un prisma mordaz revelan la idiosincrasia del autor, lo que piensa de cada cosa de la que habla, ya sea París ( París es como una puta. Desde lejos parece cautivadora, no puedes esperar hasta tenerla en los brazos y cinco minutos después te sientes vacío, asqueado de ti mismo. Te sientes burlado.), Estados Unidos (América es la encarnación misma de la fatalidad. Va a arrastrar al mundo entero hasta el abismo sin fondo.), la literatura (Hasta ahora, mi idea, al colaborar conmigo mismo, ha sido abandonar el patrón oro de la literatura. En pocas palabras, mi idea ha sido presentar una resurrección de las emociones, describir la conducta de un ser humano en la estratosfera de las ideas, es decir, presa del delirio.) o la Iglesia (Sabía que existía una cosa así, pero también sabes que hay mataderos, depósitos de cadáveres y salas de disección. Instintivamente evitas semejantes lugares.) En un universo masculino de putas, juergas, borracheras y enfermedades venéreas que es el de Miller, nos muestra todo desde una óptica nihilista y algo misógina, donde las mujeres son tratadas con la misma acidez que el resto de temas pero no se les dan más concesiones que la de ser unos seres bastante desquiciados a los que usar para echar un polvo y luego olvidarse, mientras los personajes masculinos, también bastante desquiciados, parecen tener más crédito a sus ojos, al menos se acerca a ellos más dispuesto a empatizar, tal vez porque se parecen bastante a él mismo. Pero eso es Miller, lo que piensa sin tapujos y por su sinceridad, que a veces puede ser deseo de provocación, se hace el relato interesante.

Su lenguaje es crudo, iconoclasta, agresivo, y es esta una de las razones por las que causó tal conmoción en la puritana sociedad de su época (esta novela estuvo censurada en su país hasta la década de los 60). El modo en que aborda las relaciones sexuales, aunque muy controvertido, tuvo el benéfico efecto de romper tabues y permitir que, a partir de entonces, otros autores se permitieran tocar el tema de una manera más libre.

En este y en otros sentidos Miller fue un pionero y arrastró tras su estela a lo que se llamó la generación beat además de ser una pieza clave del postmodernismo. Dentro de su discurso hay un cambio de tono entre la narración de las anécdotas, con una prosa sencilla y fluida, y la reflexión, con un lenguaje metafórico, complicado, erudito y, ciertamente, brillante donde escribe un monólogo interior basándose en la técnica de flujo de conciencia tan en boga en esos años. Una galería de personajes pueblan esta memoria, la mayoría muy fugaces, desaparecen del mismo modo que desaparecieron de la vida del autor. Sólo algunos permanecen a lo largo del libro, los que se pueden llamar sus mejores amigos: Carl y Fillmore. Y Mona, trasunto de su mujer June Mansfield, que posteriormente volvió a aparecer en su trilogía llamada La crucifixión rosada.

No hay que dejar de conocer a Miller: sorprende, molesta, gusta, cautiva, en cualquier caso algo mueve en la conciencia de cada lector con su búsqueda de lo auténtico. Su prosa es un grito, un aullido, una verdad que le duele en la conciencia y necesita decir al mundo: Puede que estemos condenados, que no haya esperanza para nosotros, para ninguno de nosotros, pero, si es así, ¡lancemos un último alarido agónico, espeluznante, un chillido de desafío, un grito de guerra! ¡Al diablo las lamentaciones! ¡Al diablo las elegías y las endechas! ¡Al diablo las biografías y las historias, las bibliotecas y los museos! Que los muertos se coman a los muertos. Bailemos los vivos en el borde del cráter, bailemos una última danza agónica. Pero, ¡una danza auténtica!

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