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jueves, 13 de agosto de 2015

Muerte a Crédito de Louis Ferdinand Céline

Si cierro los ojos y pienso en la mejor novela que he leído sigue emergiendo Muerte a Crédito de Louis Ferdinand Céline. La literatura francesa le debe mucho a la obra Ferdinand Céline y el resto del mundo también. Muy pocos escritores tan grandes, tan magníficos han sido borrados, hasta vilipendiados, como Céline.

Céline fu un monstruo, verdad. Hoy quisiera decir algo que esta Muerte a Crédito (1932), la novela total, mejor a mi juicio que el libro que le dio fama, Viaje al fin de la noche (1936). Una de las pocas ventajas de la era electrónica es la inmediatez. Podéis descargar Muerte a Crédito o Viaje al fin de la noche en pdf, epbub, kindle y demás formatos en un montón de tiendas como Amazon, Fnac, Casa del Libro, etc, eso sí, entre 6 y 10 €, algo caro.

Si en Viaje al fin de la noche Céline destapa lo absurdo de la guerra y la crisis de sistema en Francia, entre mil cosas más, en Muerte a Crédito el autor viaja, en una especie de pseudobiografía a la infancia y la adolescencia, pero con tremendos saltos temporales que pasan por la edad madura. Toda una vida pues, y además, el escritor francés inventa (no bromeo) una nueva manera de escribir novelas. En mi opinión, que vale tanto como un vaso de leche, más libre, más auténtica, más divertida, más de verdad. Extrañará mi comentario a los que conozcan la obra del genio.

Muerte a Crédito es un canto al estar vivo, a la vida, si se quiere. Un canto atroz, burlón, sádico, bestial. Pero oda al fin y al cabo. La impresión que deja el libro es la siguiente: entras en un bar, en el fondo hay un borracho sentado frente a una mesa pequeña y redonda. Hay una silla vacía ahí. Es para ti, que eres el lector. No, eres el oyente. Te sientas. El tipo da un trago a una bebida indefinible y empieza a hablar. Tú escuchas. Simplemente. Parece que divaga, parece un moribundo que quiere que alguien oiga su historia por última vez. No, no es eso. Es literatura de altos vuelos: prosa, ironía, sarcasmo, poesía, humor truculento (cómo llegué a reír...), historia viva, reflexiones, almas errantes.

Con un perfecto desorden coherente. Para darle más verosimilitud, el tipo este, Céline, usó la jerga a base de bien para terror de insensatos y atrevidos traductores. No tengo dudas, en ningún otro libro he sentido tan cerca la vida, esto que es pasar los días. El pálpito entre las manos. Hasta se puede oler. Se produce en la prosa de Louis Ferdinand Céline una paradoja tremenda, cósmica. Céline fue un escritor terriblemente libre y el adjetivo no es baladí.

En cambio, abrazó el totalitarismo, en su caso, el nazismo. Por suerte, queda su obra. De ella Vargas Llosa escribió recientemente: “muchos se resisten a reconocer el talento de Louis-Ferdinand Céline (1894-1961). Pero lo tuvo, y escribió dos obras maestras, Viaje al final de la noche (1932) y Muerte a crédito (1936), que significaron una verdadera revolución en la narrativa de su tiempo.

Luego de estas dos novelas su obra posterior se desmoronó y nunca más despegó de esa pequeñez y mediocridad en que viven, medio asfixiados y al borde de la apoplejía histérica, todos sus personajes.” Me temo que Vargas Llosa tiene razón. De algún modo Céline se adelantó a su tiempo. Luego vendrían otros, como Henry Miller y sus Trópicos. Dijo Céline en Muerte a Crédito: “contaré cierto tipo de historias para que ellos vuelvan, expresamente, a matarme; volverán desde los cuatro rincones del mundo. Entonces todo habrá terminado y estaré contento”. No olviden la máxima de Pessoa: el poeta es un fingidor. Y Céline fue un gran poeta.

Muerte a crédito: Louis Ferdinand Céline



En 1936, Céline entrega a su editor, Robert Denöel, un manuscrito con correcciones de Marie Carnavaggia[1] que había comenzado a escribir con dos títulos iniciales:L'adieu à Molitor o Tout doucement, transformándose ambos, finalmente, en Muerte a crédito: novela publicada entre Viaje al fin de la noche y Guignol’s Band. A pesar de que Denöel suprimiera en la edición ciertos pasajes de contenido obsceno, ello no impidió que una vez puesta a la venta se desencadenara la polémica. Céline dio por sentado un éxito semejante al de Viaje al fin de la noche, pero Muerte a crédito tuvo una acogida nefasta.

Si Viaje al fin de la noche narra la experiencia de Ferdinand Bardamu (su alter ego) en la Primera Guerra Mundial y en las colonias francesas en África, así como el desencanto de su estancia en América y su regreso a Francia para ejercer como médico rural, Muerte a crédito, evoca su infancia y formación en un ambiente familiar crispado y desesperante. Ferdinand es ahora el hijo de una bordadora de encajes, ansiosa y pesimista, a la que nunca se enfrentó. Este libro lo haría por él.

De tener que escoger entre una de las dos novelas, creo, sin temor a equivocarme, que es Muerte a Crédito la que emerge, se impone y posa en mi subconsciente, aproximándome como ninguna otra a la realidad, a la inmediatez de la vida.

Hay un antes y un después de Muerte a Crédito, y el fin de la noche puede esperar. Después de una lectura de estas características es imposible albergar la más mínima esperanza, alimentar un pensamiento afirmativo, vital o armonioso: y es ahí donde entra en juego su autor, ahí está Céline para desafiar nuestro equilibrio. No, no es su misión alentarnos, complacernos con sus pasajes, todo lo contrario. No obstante, en torno a esa vorágine desestabilizadora, posee la compleja habilidad de hacernos reír, hasta el punto de conseguir que no nos lo lleguemos a tomar al pie de la letra, porque sólo así lograremos empezar a comprenderlo.

He llegado a plantearme, no sin cierta confusión: ¿por qué es precisamente el pasaje más brutal y repulsivo de toda la novela –el violento enfrentamiento físico entre Ferdinand y su padre– el que se me ha manifestado, a fin de cuentas, como el más hermoso? Sé que esta apreciación es harto discutible, y no quiero perderme en el intento de analizar cuál debe ser, en última instancia, la función de la estética en la literatura o en cualquier manifestación artística: ahora bien…, suponiendo que en lo horrendo, lo soez y lo atroz también pueda existir belleza, y si es función del artista desconcertarnos a través de su obra: ahí aparece nuevamente Céline para demostrarlo.

Durante décadas se debatió su lenguaje: su célebre “transposición” del habla oral a la escritura, la sensibilidad con la que captó la fuerza y musicalidad de la jerga y el sentir barriobajeros, como también fue objeto de controversia su indiscutible capacidad para hacer tambalear los cimientos de la literatura francesa –para deleite de muchos y disgusto de otros–, porque al igual que Bardamu, su principal personaje, posee Céline la cualidad congénita de polemizar y desquiciar todo lo que emprende. Sin embargo, más allá de sus intenciones, su misantropismo, nihilismo, estilo e idioma propios, necesita Céline de otro elemento, sin el cual toda esa amalgama que engloba los rasgos de su buen hacer literario perdería su razón de ser: el lector celiniano. Un lector, ni mejor ni peor que el resto, pero con ciertas particularidades: tiene pensamientos inusitados y poco convencionales, hasta cierto punto sórdidos..., es impulsivo, y a la vez, tolera pacientemente doscientas páginas, frente a un argumento abierto, al tiempo que su narrador –demente en apariencia– desgrana una sucesión desarticulada y frenética de anécdotas y observaciones para construir, a través de personajes redondos y aplastantes reflexiones, una magnífica historia. Es a partir de ese instante cuando sobreviene su irremediable adicción.

A finales de 1943, sus panfletos antisemitas (Bagatelles pour une massacre, L'École des cadavres y Les beau draps), publicados con posterioridad a Muerte a Crédito, se vuelven contra él en forma de amenazas. Intuyendo lo que se le venía encima, el 17 de junio de 1944 decide huir, junto con su mujer, Lucette, a Cophenague. Primero llegan a Alemania, quedando atrapados en Sigmarignen junto a Petain, Laval y otros colaboracionistas franceses. y después a Dinamarca. Unos meses más tarde, la justicia francesa pide su extradición. Gracias a Aage Sidenfaden,[2] director de la policía de Cophenague, Dinamarca rechaza la reclamación francesa. Sin embargo, no se libra del arresto: es acusado de colaboracionismo y pasa más de un año en prisión. En julio de 1951, el autor de Viaje al fin de la noche regresa a Francia amnistiado, pero con el calificativo de “desgracia nacional”, título que obtendrá en un juicio celebrado en su ausencia. Sólo viviría diez años más.

A petición del escritor y abogado de origen judío, Serge Klarsfeld, en 2011, Fréderic Mitterrand excluyó a Céline, al cumplirse cincuenta años de su muerte, de la selección de Celebridades Nacionales que debían ser homenajeadas por la República francesa. Motivo: “haber puesto su pluma al servicio de una ideología repugnante”. Por su parte, el por aquel entonces alcalde socialista de París, Bertrand Delanoë, sentenció en una entrevista radiofónica: "Céline es un excelente escritor, pero un perfecto cabrón". Posiblemente, toda esta polémica le otorgue una divulgación aún mayor a su obra. La corrección política, al fin y al cabo, nos brinda esa oportunidad: la de arrinconar y proscribir al escritor francés más leído y traducido después de Proust, la de vetar la posibilidad de rendirle homenaje, aunque literariamente sea una infamia negárselo: de ordinario, nos adiestra como a primates en valorar la obra de cualquier creador con parámetros que, poco o nada, tienen que ver con el talento que pueda destilar su obra stricto sensu. ¿Será esa aspiración a los supremos valores universales, único estatuto ante el que todo el mundo debe inclinarse, la que logra que muchos de sus lectores se debatan entre la fascinación por su obra y la condena por su faceta antisemita?
Si comparamos las razones de este rechazo con la grandiosidad de su escritura, cualquier fundamento que motive este descrédito nos acabará resultando mezquino.

En cualquier caso, el interés por seguir las tribulaciones de Ferdinand Bardamu o el deseo de leer la obra de Céline, en Francia, nunca ha decrecido.


1] Marie Carnavaggia (1876-1976): secretaria personal de Céline a partir de 1936, quien poco antes de su muerte, transcribió y corrigió sus obras. En 1995 se publicaron las Lettres à Marie Carnavaggia que recopilan toda la correspondencia de los años que pasó Céline en Dinamarca y en su exilio en Korsör en el Mar Báltico (1945-1950).
[2] Céline Secreto, Lucette Destouches.

Fuente

La Muerte a Crédito de Louis-Ferdinand Céline




Al escribir esta entrada, y de paso rememorar los variados acontecimientos narrados la obra, resulta inevitable pensar en la infancia misma, desde los más nimios acontecimientos, hasta los que de una u otra forma marcaron el camino hacia la adultez.

Céline logra eso en el lector (o por lo menos en mí). Le hace pensar que incluso su vida tiene un verdadero valor literario, que las historias están por todo lado y que a veces o generalmente el lenguaje y la forma como se dice, rebasa ampliamente su contenido. En esta, su segunda gran novela, Céline después del latigazo del "Viaje al fin de la noche", nos trae otra maravilla, llena de evocaciones, sueños, frustraciones, anhelos, redenciones y por encima de la muerte, vida.

Los personajes son tan miserables pero tan naturales que no inspiran otra cosa que compasión y amor. Se trata básicamente de una narración de carácter autobiográfico. Céline nos introduce en su vida, nos lleva por largos caminos de interjecciones, de sonidos, de malabarismos verbales y de jergas gitanas que uno termina por familiarizarse con expresiones que en ocasiones provocan la risa. Esto solo lo logra un gran arquitecto de la narrativa, como Céline.

Un viejo y enfermo Céline cuenta sus tempranos años, así empieza "La muerte a crédito". Y entonces una infinidad de temas saltan a la vista, pasan por su pluma envenenada y satírica, como invitados con los cuales el autor se divierte y moldea las formas que le dan la gana. Esto aunado al majestuoso manejo del lenguaje que nos presenta esa jerga de barriada, usada para exhibir la desbordante lucidez que lo caracteriza, logran que la novela alcance unas altas cotas de lirismo, de música ondulante entre párrafo y párrafo.

" Disponía de otros preceptos para mi edificación moral, para mi rehabilitación. Me lo ofrecían todo antes de que me marchara. Me lo llevaba todo a Inglaterra, lo buenos principios... Excelentes... y la gran vergüenza de mis instintos. No me iba a faltar de nada. El precio estaba convenido. Dos meses enteros pagados por adelantado. Prometí ser ejemplar, obediente, valiente, atento, sincero, agradecido, escrupuloso, no mentir nunca y sobre todo no robar, no volver a meterme los dedos en la nariz, volverme irreconocible, un auténtico modelo, engordar, aprender el inglés, no olvidar el francés, escribir al menos todos los domingos. Prometí todo lo que quisieran, con tal de que me dejaran marcharme en seguida... Que no volviera a empezar una tragedia. Después de haber hablado tanto, ya no nos quedaba cháchara... Era el momento de partir. Se me ocurrían pensamientos feos, me venían sensaciones preocupantes, me preguntaba si los ingleses serían tal vez más cabrones, más hijoputas, y peores que los de aquí..."

Las primeras páginas son duras, pues el autor no da espera, no le da tiempo al lector de entender su propósito de mostrar al Paris de hace cien años como era, de hacer gala de esa objetividad y del sentimiento implícito de perfección y humanismo que trae cada página. Los pequeños acontecimientos vienen acompasados de desgracia o mejor aún, de una triste felicidad dada por la mediocridad de sus personajes.

La pobreza y la miseria intelectual van de la mano en muchos de los personajes, no tan así en el padre de Céline. Allí, el hombre representa ese antihéroe que más que juzgado es observado por su hijo, sin que tenga nada para mostrarle o quizás enseñarle. Muchos años después, Céline calificó a su padre como un hombre de letras que siempre quiso escribir, pero que no nunca lo hizo. En la novela nunca se lee una mala palabra de Céline frente a su padre, no obstante los sentimientos cercanos a la repulsión que a veces sentía, por tener que llevar una pobreza digna, que según él, es la peor de todas.

Posiblemente el gran aporte de Céline a la literatura se dio en el "Viaje al fin de la noche", al introducir el lenguaje hablado al literario, rompiendo toda regla hasta entonces. Esa "invención", se amplía en "La muerte a crédito", en donde los diálogos son sencillamente certeros, llenos de un realismo adictivo al extremo, limpios respecto de la visión del autor, parecen sencillamente no escritos, solo hablados. Esa es en gran parte, la magia de este libro.

Algunos dirán que hay muchos puntos suspensivos, lo cual es cierto. También, que las interjecciones le quitan ritmo y a veces no se entiende o no se sabe hacia dónde va el relato, qué pretende el autor. Pero ese precisamente es uno de sus mayores valores, la incertidumbre de la vida misma llevada a las palabras, al sentimiento que concatenadas estas producen, que en mi caso es un dejo de nostalgia frente a otras épocas, frente a la ingenuidad de muchos de los personajes y del mismo Ferdinand.



"Lo arrastré por el suelo... Rugía... Berreaba... ¡Vale ya! Le acaricié la carne del cuello... Estaba de rodillas sobre él... Me enredé con los vendajes, se me quedaros las dos manos cogidas. Tiré. Apreté. Seguía pisándolas... Pataleaba... Me dejé caer con todo mi peso... Estaba asqueroso... Soltaba gallos... Yo lo machacaba... Lo estrangulaba... Estaba en cuclillas... Me hundí de lleno en la piltrafa... Babeaba... Tiré... Arranqué un buen pedazo de bigote... ¡Me mordió el guarro!... Le hurgué en los agujeros... Todo pringado... mis manos resbalaban... Se retorció...Se me deslizó de los dedos... Me aferró con ganas en torno al cuello... Me atacó la glotis... Yo apreté más. Le casqué la chola contra las baldosas... Se soltó... Volvió a quedar fláccido... Fláccido bajo mis piernas... Me chupó el pulgar... Siguió chupando... ¡Joder! Alcé la cabeza justo entonces... Vi la cara de mi madre precisamente ahí a la altura de la mía... Me miraba, con ojos desorbitados... Se le dilataban los acáis tanto, que yo ya no sabía ni dónde estaba... Lo solté... ¡Otra cabeza surgió de la escalera!... por encima del hueco... ¡Era Hortense!... ¡Seguro! ¡Exacto! ¡Era ella! Lanzó un grito prodigioso... ¡Socorro! ¡Socorro!, se desgañitaba... Me fascinó también ella entonces... Solté a mi viejo... Di un salto... ¡Ya estaba encima de Hortense!... ¡Iba a estrangularla! ¡A ver cómo pataleaba ella! Se desasió... Le pintarrajeé la cara... Le cerré la boca con las palmas... El pus de los forúnculos, la sangre compacta, reventó, le chorreó... Las piaba más fuerte que mi papá... La agarré... Se retorció... Estaba cachas... Yo quería estrangularla también... La sorpresa... Como un mundo oculto que se agita en tus manos... ¡La vida!... Hay que sentirla... Le zurré el cogote a base de golpes tercos contra la barandilla... Retumbaba... Le sangraban los cabellos... ¡Aullaba! ¡Se le había abierto! ¡Le metí un dedo en el ojo!... No la tenía bien cogida... Se zafó... Dio un brinco... Salió de naja... Tenía fuerza... Cayó rodando por las escaleras... La oí vociferar desde fuera... Alborotaba la calle... Sus gritos se oían hasta arriba... ¡Al asesino! ¡Al asesino!... Oí los ecos, los rumores."

La ironía llega a cimas altísimas. A veces, para calificar algo como irónico, hay que tener un elemento de juicio al otro lado de la balanza que nos haga pensar en lo opuesto, pero en esta historia hablar de simple ironía sería facilismo, pues no hay con qué contrastarla, no hay un deber ser constante. La vida se convierte en una broma de mal gusto, deja un sinsabor en la boca de todos, solo que unos se dan cuenta y otros no. Aquellos que no, son dibujados con "ironía", los que sí, son monstruos.

El joven Ferdinand deja su casa después de haber intentado ser aprendiz de comerciante, ayudante en un taller, y finalmente haber intentado una vida en Inglaterra aprendiendo un idioma, algo por lo cual sus padres sacrificaron casi todo y que el muchacho tiró por la borda. Momentos extremos, dolorosos, amorosos, sobrecogedores, escatológicos y después de todo, humanos, marcan la primera adolescencia de Ferdinand.

En una segunda parte, el joven Ferdinand, conocer a Courtial des Pereires, un inventor loco y enmbaucador, amigo de su tío, quien es el único que lo recibe después de que el muchacho golpeara a su padre casi hasta matarlo, al anti héroe, al desdichado viejo. En este momento la historia deja de ser un poco personal y se adentra en descripciones detalladas de los inventos, actividades y en general el entorno que rodea su nueva vida con Des Pereires. Aquí Ferdinand traspasa la barrera de contar su vida, para ser un observador objetivo de la vida de Des Pereires. Se convierte en su ayudante, su mano derecha. Un Sancho Panza moderno.

Courtial es su amigo, aunque no tenga una sola palabra para él ni buena ni mala. Lo ve de lejos para unas y de cerca para otras, pero lo cierto es que, de manera más inconsciente que consciente, su figura marcará el final de una etapa y provocará en él sentimientos insospechados.

El final es lo de menos. En historias como estas da la sensación de que cualquier cosa que se diga para poder concluir la historia, sobra. De hecho que que empalma con el comienzo del "Viaje". Bien puede haber un final redondo o simplemente ninguno. Ya con lo dicho basta. Lo cierto es que toda la inocencia escondida y negada a través de páginas y páginas, golpes y golpes, desdichas e infortunios a lo largo de la historia, se ven descifradas y expuestas con un hermoso "No, tío".

Fuente

sábado, 8 de agosto de 2015

Viaje al fin de la noche (Louis-Ferdinand Céline)




Céline no tuvo mucha suerte en vida, o mejor, fue un hombre atormentado y olvidado que murió sin saber que su novela Viaje al fin de la noche se convertiría pocos años después en una de las más grandes y más leídas novelas del siglo XX. Estamos ya en el XXI, y quizá el libro, al ritmo de los tiempo, ha quedado enterrado por una pila de mitos y leyendas, por ese sambenito de libro pesado, largo, puede que incluso aburrido, pero eso son ecos de la época, de la superficialidad, de lo que se descarta simplemente por desdén, por no salir en televisión o no estar de moda. Lo cierto es que Céline es fácil de leer y extremadamente duro de asimilar, no desde luego por la complejidad de sus obras -al fin y al cabo, Viaje al fin de la noche y el resto de novelas poseen un hilo conductor sencillo y un marcado carácter autobiográfico, nada más- sino por la dureza de lo que cuenta. Su verdadera innovación fue el lenguaje, y no me refiero sólo que utilizara jerga vulgar, la lengua de la calle, algo inusitado hasta la fecha en lo que se consideraba la gran literatura francesa, sino al ritmo de su prosa, a la rabia y al fuego con el que encendía las palabras, a la fuerza expresiva y original de su sintáxis, a su modo de conjuntar los vocablos para evocar el asco, lo inhóspito y despiadado que había vivido. Junto con Proust -aunque sea su antítesis en apariencia- es sin duda el gran renovador de las letras francesas a pesar de los pesares, de su fama de antisemita, de colaboracionista y simpatizante nazi (algo dudoso), y no hay que olvidar que es el segundo autor francés más traducido y vendido a otras lenguas después de Albert Camus.

Era un hombre sin encantos evidentes, como se puede apreciar en las fotografías que reflejan su vida, amargado por un cúmulo de derrotas consecutivas que hubieran terminado por apagar la llama de cualquiera. Fue además escritor de una gran novela, lo que inevitablemente, como le ha sucedido a otros muchos, pareció convertir en desechable el resto de su obra, condenada a ser sólo editada en condiciones tras su muerte. Nacido en Courbevoie el 27 de mayo de 1894, el Céline con el que Louis-Ferdinand Destouches habría de entrar en el parnaso de la novelística del siglo XX era uno de los nombres de su madre. No hay lugar a dudas, la mejor forma de conocerle es leyendo ‘Viaje al fin de la noche’, tan autobiográfica como todas sus novelas, pero, si cabe, la que concierne a ciertos episodios cruciales en su vida. Convertido en Ferdinand Bardamou, Céline cuenta su experiencia en la guerra del 14 -donde las heridas que le causan los mismos alemanes a los que luego se venderá en el 39 le convierten en un héroe de Francia-, en el África colonial francesa y en unos Estados Unidos agobiantes, que empiezan a convertirse en la superpotencia que son actualmente. Acaba compartiendo las miserias de sus primeros pacientes -quienes raramente le pagan- en un suburbio de París. Tan mujeriego como políglota, las mujeres y los idiomas serán su llave y su norte en un periplo por unas sombras que no son otra cosa que cuanto de absurdo encierra la existencia.

Publicó con relativo éxito Viaje al fin de la noche en 1932, y posteriormente Muerte a Crédito, pero los sucesos acontecidos en la segunda guerra mundial hundieron su carrera literaria; fue sometido a escarnio público, encerrado durante casi un año en Dinamarca como preso de Guerra, condenado a muerte por colaboracionista y absuelto a última hora. Huyó a Alemania y fue perdonado por su país en el año 1951, fecha en la que regresó definitivamente a Francia, donde murió en 1961. Como anécdota, su obra comenzó a recuperarse gracias a Jean Paul Sartre, que reivindicó Viaje al fin de la noche con empeño y proclamó a Céline “el más grande escritor francés de siglo XX”

Viaje al fin de la noche es una de las obras maestras del siglo pasado, y contiene la autopsia de cien años de infamia y barbarie; un recorrido visceral por el colonialismo europeo, por los horrores de la Primera Guerra Mundial, por las hambrunas, el dolor y los desastres de la guerra. Una novela descarnada donde no hay héroes, sólo supervivientes y seres humanos condenados a perder, a sufrir, a morir como ratas. No se salva nadie, ningún país, ninguna circunstancia, sin aspirar siquiera a que se le perdone a él a pesar del lirismo de su relato, a ese personaje protagonista que con los ojos y las palabras del narrador establece un descenso absoluto a los infiernos, al verdadero rostro de la humanidad , a ese espejo en el que alguna vez debíeramos mirarnos.

Fragmentos

Los hombres se aferran a sus cochinos recuerdos, a todas sus desgracias, y no se les puede sacar de ahí. Con eso ocupan el alma. Se vengan de la injusticia de su presente revolviendo en su interior la mierda del porvenir. Justos y cobardes que son todos, en el fondo. Es su naturaleza.
(…)
Proust, espectro a medias él mismo, se perdió con tenacidad extraordinaria en la futilidad infinita y diluyente de los ritos y las actitudes que se enmarañan en torno a la gente mundana, gente del vacío, fantasmas de deseos, orgiastas indecisos que siempre esperan a su Watteau, buscadores sin entusiasmo de Cíteras improbables. Pero la señora Herote, de origen popular y substancial, se mantenía sólidamente unida a la tierra por rudos apetitos, animales y precisos. Si la gente es tan mala, tal vez sea sólo porque sufre, pero pasa mucho tiempo entre el momento en que han dejado de sufrir y aquel en que se vuelven mejores. El gran éxito material y pasional de la señora Herote no había tenido aún tiempo de suavizar su disposición para la conquista.
(…)
Os lo digo, infelices, jodidos de la vida, vencidos, desollados, siempre empapados de sudor; os lo advierto: cuando los grandes de este mundo empiezan a amaros es porque van a convertiros en carne de cañón.
(…)
Para el pobre existen en este mundo dos grandes formas de palmarla, por la indiferencia absoluta de sus semejantes en tiempos de paz o por la pasión homicida de los mismos, llegada la guerra. Si se acuerdan de ti, al instante piensan en la tortura, los otros, y en nada más. ¡Sólo les interesas chorreando de sangre, a esos cabrones! Princhrad había tenido más razón que un santo al respecto. Ante la inminencia del matadero ya no especulas demasiado con las cosas del porvenir, sólo piensas en amar durante los días que te quedan, ya que es el único medio de olvidar el cuerpo un poco, olvidar que pronto te van a desollar de arriba abajo. “
(Louis Ferdinand Celine. Viaje al fin de la noche)

Bibliografía

Viaje al fin de la Noche (1924), novela, para muchos su mejor obra.
Muerte a Crédito (1936), novela.
Apología de Muerte a Crédito (1936)
Guignol’s Band (1943), novela.
Casse-pipe (1952), novela.
De un castillo a otro (1957), novela.
Norte (1960), novela.
Fantasía para otra ocasión (1952), novela.
Fantasía para otra ocasión II — Normance (1954), novela.
Conversaciones con el profesor Y (1955)
El puente de Londres (1964), novela
Rigodón (1969), novela, obra póstuma

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