lunes, 4 de abril de 2016

Imre Kertész

Su obra, sobre todo su novela Sin destino (Acantilado), que tardó 13 años en escribir y publicó en 1975, ofrece desde el punto de vista literario y testimonial una ventana única para observar el acontecimiento que define el siglo XX: el Holocausto.

Kertész era un muchacho de 15 años cuando fue deportado, en 1944, por la policía húngara al campo de exterminio alemán de Auschwitz, en Polonia. Cuando regresó a Hungría, halló el departamento de sus padres ocupado por extraños y se dio cuenta de que estaba totalmente solo, que toda su familia había sido engullida por la máquina de asesinar nazi.

Esa sensación de soledad ante el horror se encuentra en el corazón de la obra de Kertész, que recibió el premio Nobel de Literatura en 2002. Fiasco, Kaddish para un hijo no nacido, Liquidación o sus diarios, La última posada, cuya publicación tiene prevista en breve su editorial española, Acantilado, forman una obra no demasiado abundante, pero cuya intensidad, sabiduría y lucidez la convierten en uno de los monumentos literarios del siglo XX.

Kertész arrastra al lector a los recovecos del sistema de exterminio nazi sin usar apenas adjetivos, con unas descripciones precisas que se quedan grabadas en la memoria. Sus textos atrapan por su belleza literaria y por el espeluznante mundo que describen, por la forma en que nos obligan a reflexionar sobre el mal absoluto.

Kertész, que padecía Parkinson y había anunciado que dejaba la literatura, había regresado a Hungría en 2013, tras vivir durante años en Alemania, y se mostraba tremendamente crítico de la deriva autoritaria que padece su país con el gobierno de Viktor Orban. "Allí campan por sus fueros los antisemitas y la ultraderecha", dijo en una entrevista con este diario hecha por Adan Kovacsics, uno de sus traductores al castellano.

En aquella entrevista, de 2013, hablaba de un acontecimiento trascendental que ha marcado el final de su vida: la desaparición de los testigos, la conciencia de que su voz es una de las últimas que podrán contar en primera persona el Holocausto.

El escritor, como Elie Wiesel, otro judío húngaro deportado a Auschwitz, premio Nobel de la Paz, o Primo Levi, el químico italiano que sobrevivió a los campos y que acabó suicidándose, era consciente de que la importancia de su literatura iba más allá de las palabras, que debía ocupar un rol esencial en la sociedad.

"La esencia de mi obra consiste en trasladar lo ocurrido a una dimensión espiritual. Que quede en la conciencia, aunque ahora lo veo con menos optimismo que hace unos años. El Holocausto es el hundimiento universal de todos los valores de la civilización y una sociedad no puede permitir que se repita, que vuelva a presentarse una situación parecida. Pero la crisis económica, una crisis así, dio pie a la llegada de Hitler al poder. Por tanto, deberían sonar todas las alarmas. Pero no suenan. Lo cual quiere decir que el Holocausto no está presente en la conciencia de los políticos europeos", había señalado.

Sin destino, su obra magna, relata su vida con la estrella amarilla en el pecho en Budapest, su deportación a Auschwitz, el campo de trabajo y de exterminio en el que fueron asesinadas unas 1,1 millones de personas, su supervivencia a las marchas de la muerte tras el cierre del campo ante el avance soviético, su traslado a Buchenwald y su regreso a Hungría, donde se enfrentaría a un nuevo horror: la dictadura estalinista.

Cerca de la mitad de los judíos enviados a Auschwitz eran húngaros, unos 450.000, lo que demuestra la demencia asesina del régimen de Hitler, porque muchas de estas deportaciones se produjeron en 1944, con la guerra ya perdida. Ése es el escenario del horror industrial en el que transcurre el film El hijo de Saúl, que ganó este año el Oscar a la mejor película de habla no inglesa y que está influido por la obra de Kertész.

En una de las últimas entrevistas que concedió, publicada en Le Monde en enero de 2015, explicaba que el momento crucial, en el que todo se decidía, eran "los primeros 20 minutos de la llegada al campo". Por eso, en Sin destino describe con tanta precisión la llegada a Auschwitz. Ese relato no es sólo uno de los pasajes cumbres de su obra, sino de toda la literatura del siglo XX: la confusión, las diferentes lenguas, la presencia de los SS, que se pasean aparentemente despreocupados, aunque supervisan la selección en la que se decide la muerte inmediata en las cámaras de gas o retrasada por el trabajo. Al bajar del vagón, un preso le pregunta si habla ídish -el dialecto de los judíos de Europa Oriental, cercano al alemán-, mientras que él esperaba poder entenderse en hebreo. Gracias a sus conocimientos de alemán, descubre que los presos quieren saber su edad. Cuando responde que tiene 15 años, le ruegan que diga que son 16. Seguramente esa conversación en medio del caos en una lengua que ni siquiera comprendía bien le salvó la vida.

Su obra va más allá de la esperanza. Es un inmenso relato de la capacidad de supervivencia de los seres humanos, de la recomposición de la moralidad basada en la conciencia de que cualquier horror es posible. En Sin destino escribe: "Tuve que reconocerlo: nunca habría podido explicar ciertas cosas de una manera exacta si me hubiera valido solamente de la esperanza, la norma, la razón, esto es, la lógica de las cosas y de la vida, por lo menos según mi experiencia vital".

Cuatro títulos de un sobrevimiente del Holocausto

Biblioteca básica para leer lo mejor del escritor húngaro

(1975) Sin destino

(1990) Liquidación

(2003) La última posada

(2016) Nombre Del libro


Fuente

domingo, 6 de marzo de 2016

El coleccionista de John Fowles



Cuando se publicó, en 1963, en Inglaterra, El coleccionista de John Fowles fue leída como una novela de terror que sentaría las bases para el arquetipo del perfecto psicópata. Pero también generó lecturas muy críticas acerca de su elitismo, el desprecio hacia las masas y lo nuevo. El mismo Fowles se encargaría de refutar esas críticas. Recién reeditada, es muy interesante confrontar hoy día la lectura de esta perturbadora novela con nuevos contextos y una manera diferente de entender la cultura juvenil y también el sistema de clases vigente en toda sociedad.

En 1963, cuando se publicó El coleccionista, la primera novela publicada del británico John Fowles, no sólo fue un éxito sino que la editorial pagó la mayor cantidad conocida en Inglaterra, hasta el momento, por un debut. Y sólo dos años después, la llevó al cine William Wyler, con Terence Stamp como protagonista. Fowles tenía 37 el año de su publicación, era graduado de Oxford y su carrera, hasta el momento, había estado focalizada en la enseñanza: un tiempo en la Universidad de Poitiers, en Francia, y varios años como profesor de inglés en la escuela Anargyrios y Korgialenios de Spetses, una isla griega en el Mediterráneo. Inspirado en esa experiencia en Grecia y en sus lecturas –los existencialistas, Sir James Frazer, algunos ocultistas–

Fowles publicaría El mago en 1965; más tarde tendría otro éxito con La amante del teniente francés (1969). Pero fue El coleccionista, este extraño y perturbador libro, el que le daría un nombre y también la posibilidad de dejar la enseñanza y dedicarse a la escritura.

La trama y el escenario de El coleccionista son inmediatamente reconocibles: hoy se trata del lugar común del asesino serial y el acosador obsesivo, el personaje que encierra a su objeto de eventual disección, desde la Annie Wilkes de Misery hasta el cruel Buffalo Bill de El silencio de los inocentes. Frederick Clegg es un empleado público con una vida afectiva limitada: no tiene amigos, el desapego con su familia es evidente y su único placer es coleccionar mariposas. Un día, de manera sorprendente, gana la lotería. Es mucho dinero. Le permite ir a buenos restaurantes con sus tías, ayudarlas, pagarles viajes –es huérfano, quizá una explicación de sus dificultades emocionales–. En Londres es donde ve por primera vez a Miranda Grey, una estudiante de arte por quien desarrolla una obsesión malsana. La sigue, la observa. Trata de olvidarla y no lo logra. Trata de tener sexo con una prostituta y se descubre impotente. En Londres, además, se siente fuera de lugar, especialmente cuando se decide a gastar su dinero en el elegante West End: Clegg es un empleado, no tiene una buena educación y aunque ahora es rico, le cae encima el implacable sistema de clases británico. No se cambia de status social con ganar la lotería, se da cuenta, y el resentimiento le crece como un hongo.

En este contexto es que decide comprar una casa de campo en las afueras de la ciudad, acondicionar la bodega subterránea como una habitación y prepararse para atrapar a Miranda, la mariposa humana. Su plan es muy bueno, su ejecución también y sin mayores problemas, la chica artística, rubia, hermosa, está bajo su poder. Clegg es meticuloso, la casa es una prisión impenetrable y aislada: no hay posibilidades de escape. Es el perfecto psicópata: cree que Miranda es desagradecida, después de todo le armó una habitación tan bonita, con discos y ventilador. ¡Hasta la deja bañarse sin mordaza! Cree que es el desprecio de la gente de la clase de Miranda lo que lo obligó a esta decisión: tiene que obligar a la chica a amarlo y conocerlo en esta situación extrema, porque de otra manera jamás tendría una oportunidad con ella. La primera parte de El coleccionista es una inmersión en la mente endurecida de Fred Clegg; asistimos, también, al desarrollo de sus frustraciones sexuales y su incipiente perversión pero siempre tras el velo de su mecánica voz narrativa, llena de justificación, autocompasión y una total ausencia de empatía.

La segunda parte de El coleccionista es el diario de la víctima. Miranda escribe en secreto, reproduce las conversaciones con su captor, planea fugas que terminan mal. Y al darle voz, Fowles enfrenta al lector con un dilema: Miranda no causa una inmedita identificación. Es esnob, es caprichosa y su arrogancia de clase a veces incluso supera su claustrofobia y su terror. Cuando Clegg, en un raro permiso, la lleva a tomar té a la sala de la casa, Miranda desprecia a los gritos la decoración cursi de patos de porcelana y cuadritos. O se ve obligada a mencionar que la ropa que él le compra es “espantosa”. Estos desplantes no parecen únicamente motivados por el pánico y la bronca. Ella bautiza a Clegg “Calibán”: después de todo, ella se llama Miranda, como la hija de Próspero en La Tempestad de Shakespeare; ella es la hija del poderoso y Calibán es menos que humano, un siervo incluso aunque sea un captor. Escribe Miranda: “Soy demasiado superior para él. Me doy cuenta de lo asquerosamente engreída que suena esta frase, pero es verdad que lo soy”.

Es 1963: los Beatles recién despuntan, está por nacer una nueva forma de ser joven que había tenido sus primeros destellos en el rock de Elvis, la sensualidad herida de Marilyn, la vulnerabilidad de James Dean y la novedosa belleza masculina de Marlon Brando. En Inglaterra, las escuelas de arte están al frente de esta revolución y Fowles lo percibe. Miranda es parte de esta generación y es una chica todavía atrapada entre dos mundos: en su diario surge la figura de G.P., un pintor mayor que ella que la seduce y la maltrata con sus pretensiones y su misoginia (no cree que ella pueda llegar a ser una gran pintora simplemente porque es mujer). “No tienes ni la más remota posibilidad”, dice G.P. “Eres demasiado guapa”. Miranda, afuera de la casa, también está atrapada. No de la misma manera, claro, y es posible que si Clegg le tuviese compasión y la liberase, ella podría ver que G.P. no es un profesor Higgins, sino un adulto pedante y posiblemente mucho menos talentoso de lo que su narcisismo le permite creer. Pero ella no puede pensarlo así, todavía. Está prisionera de Clegg pero también de sus propios prejuicios y del lugar social para chicas como ella, que pronto quedará destartalado, pero todavía no. Así se entiende la metáfora del coleccionista: Miranda será una mariposa, pasa por una metamorfosis, su esnobismo liberal, si se le da la oportunidad de crecer, mutará en mayor entendimiento de su posición y la de los demás: es inteligente. Es una chica de apenas 20 años.

Incluso hasta hoy, El coleccionista es leída como una novela de terror. Cierto que lo sucede es terrorífico y que Clegg será el modelo para la mayor parte de los psicópatas de ficción de aquí en adelante, pero hay mucho más en esta novela de Fowles: un duelo psicológico de poder –tema que tanto le gustaba, también presente en El mago–, el trasfondo del sistema de clases británico, el retrato de esa juventud rebelde que aún está desconcertada.



Fowles fue acusado de misógino y hasta de fascista: en su siguiente libro, Aristos, una colección de ensayos, se pronunció enérgicamente en contra de una lectura que en aquel momento se hacía del libro: que se trataba de cómo la elite intelectual se veía atacada por las hordas maleducadas. En el prólogo sostiene lo contrario: escribe que El coleccionista es una exploración, a través del género, de cómo los privilegiados deben comprender que no hay libertad sin la educación de las masas, y que las diferencias no deben naturalizarse. Ese subtexto sigue siendo fuertísimo y aun así la novela no es un artefacto de época ni tampoco exclusivamente “británico”: se sostiene como thriller claustrofóbico, como estudio de personajes y como un perturbador y pionero manual para sociópatas.

Mariana Enriquez

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lunes, 29 de febrero de 2016

Svetlana Alexiévich

Nacida en Ucrania, hija de un militar soviético, de origen bielorruso. Cuando su padre se retiró del Ejército, la familia se estableció en Bielorrusia y allí ella estudió periodismo en la Universidad de Minsk y trabajó en distintos medios de comunicación. Se dio a conocer con La guerra no tiene rostro de mujer, una obra que finalizó en 1983 pero que, por cuestionar clichés sobre el heroísmo soviético y por su crudeza, solo llegó a ser publicada dos años más tarde gracias al proceso de reformas conocido por la perestroika. El estreno de la versión teatral de aquella crónica descarnada en el teatro de la Taganka de Moscú, en 1985, marcó un hito en la apertura iniciada por el dirigente soviético Mijaíl Gorbachov.

Muy influida por el escritor Alés Adamóvich, al que considera su maestro, Alexiévich aborda sus temas con técnica de montaje documental. Su especialidad es dejar fluir las voces -monólogos y corales- en torno a las experiencias del "hombre rojo" o el "homo sovieticus" y también postsoviético.



La obra de Alexiévich gira en torno a la Unión Soviética para descomponer este concepto en destinos individuales y compartidos y, sobre todo, en tragedias concretas.

Alexiévich se mueve en el terreno del drama, explora las más terribles y desoladas vivencias y se asoma una y otra vez a la muerte. En 1989 publicó Los chicos de cinc sobre la experiencia de la guerra en Afganistán. Para escribirlo se recorrió el país entrevistando a madres de soldados que perecieron en la contienda. En 1993, publicó Cautivados por la muerte sobre los suicidios de quienes no habían podido sobrevivir al fin de la idea socialista.

En 1997, le tocó el turno a la catástrofe de la central nuclear de Chernóbil en Voces de Chernóbil, publicado en castellano en 2006 por Editorial Siglo XXI, que reeditó el año pasado Penguin Random House.

El año pasado lanzó El fin del homo sovieticus, publicado en alemán y en ruso, y que en España editará Acantilado, a principios de 2016. En este nuevo documento, Alexiévich se propone "escuchar honestamente a todos los participantes del drama socialista", dice el prólogo. Afirma la escritora que el "homo sovieticus" sigue todavía vivo, y no es solo ruso, sino también bielorruso, turcomano, ucraniano, kazajo... "Ahora vivimos en distintos Estados, hablamos en distintas lenguas, pero somos inconfundibles, nos reconocen en seguida. Todos nosotros somos hijos del socialismo", afirma, refiriéndose a quienes son sus "vecinos por la memoria". "El mundo ha cambiado completamente y no estábamos verdaderamente preparados", dijo en una reciente entrevista a Le Monde. Atrapada aún en el espacio soviético, Alexiévich indaga con angustia y sufrimiento sobre el fin de una cultura, una civilización, unos mitos y unas esperanzas.

1985: La guerra no tiene rostro de mujer. En español: Debate, 2015.
1985: Los últimos testigos. Cien relatos nada infantiles. En español aparecerá en 2017.
1990: Los chicos de cinc. En español aparecerá en 2016, bajo el sello Debate.5
1994: Fascinados por la muerte. No traducido al español.
1997: Voces de Chernóbyl. Crónica del futuro. En español: Casiopea, 2002
2013: El fin del "Homo sovieticus". En español: Acantilado, 2015

domingo, 14 de febrero de 2016

Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones - Chester Himes

Ataúd o Ataúdes (Coffin) Ed Johnson y Sepulturero (Grave Digger) Jones son dos policías que trabajan en Harlem, Nueva York, en los años 60.

Se conocen desde niños, a finales de los años 30, cuando estudiaban en la escuela pública de la calle 112. Ambos están casados, viven en Jamaica, Queens y más adelante en Astoria, Long Island. Ataúd tiene una hija, Sugartit.

Negros como la noche, larguiruchos, desgarbados, desaliñados. Visten raídas gabardinas grises y abollados sombreros de alas dobladas en su primera novela y trajes de alpaca, camisas de algodón negras con el cuello abierto y sombrero de fieltro en las últimas, cuando ya sus cabellos cortos están matizados de gris y la grasa se acumula en su cintura. Son como una misma persona, sólo les diferencia el rostro lleno de cicatrices de Ataúd.

Trabajan en el turno de noche de la comisaría de la calle 126. No son ascendidos en 12 años pese a que gozan de la confianza de sus jefes: el capitán Brice y el teniente Anderson, ambos blancos.

Toscos y brutos. Son de una honradez inquebrantable, no reciben sobornos. No persiguen prostitutas, homosexuales, rateros o drogadictos, sólo a los violentos y a los camellos que inician a la gente en la droga y por tanto en el robo, el asesinato y la prostitución. Pasan de la burocracia, prefieren métodos más expeditivos aunque no siempre sean legales. Actúan con dureza y no dudan en disparar sus anticuados pistolas de plata y níquel del calibre 38, aunque sea al aire para poner orden al grito de "¡rectifiquen!" y "¡queo!"

En "Por amor a Imabelle" Jackson, el hombre enamorado de Imabelle, es víctima de un timo. Su hermano Goldy, disfrazado de Hermana de la Caridad, busca a los timadores mientras vende entradas para el cielo. Ataúd y Sepulturero se cruzan en su camino.

En "La banda de los musulmanes" un hombre blanco es asesinado en Harlem. El principal sospechoso lleva una pistola de fogueo. Los Musulmanes Molones (The Real Cool Moslems), una banda de negros con barbas postizas y túnicas a la que pertenece la hija de Ataúd, son testigos.

En "Cuando el calor aprieta" Pinky, un negro gigante y albino, hace sonar la alarma de incendios de la Iglesia de Riverside para llamar la atención de la policía sobre el supuesto asesinato de su padrastro.

"Un ciego con una pistola" es un retablo de escenas de Harlem. El pastor mormón con 10 mujeres que disfrazadas de monjas piden limosna. El homosexual blanco que busca de noche una boca tostada. El soldado negro, que ha vuelto de París a su mal llamado hogar y busca la fraternidad universal. Un falso doctor que vende la fórmula de la vida eterna. Los predicadores del Poder Negro y de Jesús Negro.

Himes escribe unos libros increíbles, auténticas novelas negras que nos muestran con crudeza como la droga y la violencia destruyen las calles, a veces de un modo absurdo, con consecuencias imprevisibles como "En un ciego con una pistola", para mi la mejor de las cuatro que he leído. Los prejuicios están muy presentes en sus libros, no siempre hacia los blancos, también hacia su propia raza. La mayoría de sus personajes, negros y blancos, destilan violencia y maldad, sólo unos pocos son inocentes. Y sus protagonistas, que defienden una justicia en la que no siempre creen.

Himes crea algunos secundarios inolvidables como las tres viudas negras de "Por amor a Imabelle", tres hombres negros que viven juntos disfrazados de mujeres: la monja hermana de Jackson, Catalina la Grande que dirige un burdel y Lady Zingara, que adivina el futuro. O Pinky y la Hermana Celestial, en "Cuando el calor aprieta". O el ciego que pretende no serlo. Destacaría también su retrato un camarero homosexual, lleno de matices para su época (1969).

Sin embargo, no creo que sean grandes novelas policíacas, es decir, hay crímenes, pero no siempre se resuelven coherentemente, o al menos yo no me he enterado.

Un tema interesante es el de las distintas ediciones. Es todo un reto traducir al castellano la lengua de Harlem. Unos utilizan los apodos originales de los detectives, otros los traducen. La de Bruguera (Por amor a Imabelle, 1980) ha envejecido un poco mal al haber volcado al argot de la época el lenguaje de Harlem (y el argot, al evolucionar más rápidamente que la lengua común, siempre envejece mal). La de Akal (La banda de los musulmanes, 2010) está más conseguida o quizás me lo parece por ser más actual. Las de Grijalbo y RBA (Cuando el calor aprieta, 1995 y Un ciego con una pistola, 2008), son bastante asépticas, quizás demasiado.

Para comer: Hamburguesa con ketchup, carne asada con coles y ensalada de patatas, quingombó de Nueva Orleans (cerdo fresco, mollejas de pollo, criadillas de cerdo y camarones gigantes con 26 variedades de especias y hierbas). De postre sandía helada.

Libros de Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones

  1. Por amor a Imabelle (For Love of Imabelle / A Rage in Harlem, 1957)
  2. La banda de los musulmanes / El jeque de Harlem (The Real Cool Killers, 1959)
  3. Un loco asesinato / El extraño asesinato (The Crazy Kill, 1959)
  4. El gran sueño de oro (The Big Gold Dream, 1960)
  5. Todos muertos (All Shot Up, 1960)
  6. Algodón en Harlem (Cotton Comes to Harlem, 1965)
  7. Empieza el calor / Cuando el calor arrecia / Cuando el calor aprieta (The Heat's On / Come Back, Charleston Blue, 1966)
  8. Un ciego con una pistola (Blind Man with a Pistol / Hot Day Hot Night, 1969)
  9. Plan B (Plan B, 1993)

sábado, 13 de febrero de 2016

Vivir de noche de Dennis Lehane



«Unos años después, en un remolcador en el golfo de México, Joe Coughlin tenía los pies metidos en un cubo de cemento. Doce pistoleros esperaban a internarse suficientemente en el mar para arrojarlo por la borda, mientras el escuchaba el ruido del motor y observaba la espuma blanca del agua en la quilla.»

Así comienza esta novela, para volver rápidamente al año 1926 en Boston, donde un joven, Joe Coughlin, hijo de un  prestigioso capitán de la policía de la ciudad, está avanzando en su carrera delictiva, aquella que comenzó a los trece años quemando kioscos de periódicos.

Joe pronto descubre que la vida "durante el día" no tiene nada que ofrecerle y se dedica a dar unos cuantos golpes que le permitan conseguir dinero fácil. Pero las cosas no salen como había planeado y Joe se ve obligado a pasar dos años en la cárcel, de donde saldrá con fuerzas renovadas y un gran aprendizaje a sus espaldas, con los que se dirige a Florida a ocuparse del mercado del ron.

Joe Coughlin no está siguiendo precisamente los pasos de su padre. Empezó con pequeños hurtos, pero ya ha dado el salto a crímenes de más envergadura. Su ascendente carrera en el mundo de los gangsters en plena Prohibición lo llevará del Boston de la Edad del Jazz al barrio latino de Tampa y las calles de Cuba. Y en su camino se cruzará una mujer, Emma Gould, que cambiará para siempre su vida.

Vivir de noche es una historia que trata de la mafia, sí, pero de muchas otras cosas que llenan las páginas de una atmósfera intrigante, de cine en blanco y negro, en plena época de la Ley Seca, con gansters, rubias peligrosas, garitos y destilerías clandestinas, alcohol de contrabando, atracos y tiroteos en las calles, asesinatos y policías comprados, y hasta el ku klus klan. También es una historia que habla de amor, de traición, de lealtad, de amistad, de redención, de venganza. Todo ello narrado de forma impecable, con naturalidad, precisión y maestría, sin que la historia decaiga o aburra en ningún momento.

Es una novela negra, pura y dura, sin dudas a la hora de clasificarla. Y sin embargo, muy original porque huye del maniqueísmo, de buenos y de malos. Porque las diferencias entre los considerados buenos y malos, legales o carne de presidio, sólo son meras etiquetas y conveniencias sociales:

«Tu te tragas todo eso de que el mundo hay buena gente y mala gente. Un prestamista le parte la pierna a un tío porque no paga sus deudas, y un banquero le quita la casa a alguien por el mismo motivo, pero tú crees que son diferentes, como si el banquero se limitara a hacer su trabajo y el prestamista fuese un criminal. Yo prefiero al prestamista porque no intenta parecer otra cosa, y creo que el banquero debería ocupar mi sitio entre rejas.» (Página 181)

Vivir de noche es una novela con mucha acción, pues ambientada en la época de la ley seca, con constantes guerras por la supervivencia y el control de las ciudades, no podía ser de otra manera. Joe es un personaje de muchos matices, a veces honesto y a veces brutal, capaz de lo mejor y de lo peor, y el acierto del autor es presentarlo de forma que nos resulte no sólo creíble sino, por qué no decirlo, simpático y cercano.

Y no podía faltar como en toda novela negra que se precie, una mujer fatal, que será la que determine el destino de Joe, un amor que saca a flote el ansia de la vida, aunque sólo sea por llevar a cabo una venganza, que le permitirá sobrevivir en un mundo difícil, donde la traición de los amigos es el pan nuestro de cada día, donde lo único seguro es la corrupción de la policía y los políticos.