viernes, 5 de agosto de 2016

El Castillo de Franz Kafka

K. es un agrimensor que llega a la aldea del castillo para cubrir una demanda de empleo. Sin embargo, las dificultades del viaje le han retrasado un año. Cuando llega, descubre que la situación es increíblemente enrevesada. La decisión de contratar a un agrimensor ha sido revocada, y pronto K. se encuentra perdido sin otra cosa que hacer que luchar contra el resbaladizo sistema del castillo para que le compensen el error. En el camino, conocerá a Frieda, dependiente y elegida del mesón que frecuenta el regente del castillo y la aldea, Klamm, un individuo absolutamente misterioso. Frieda le sigue, se enamora, más o menos, de K., se casan y le acompaña en su caída con tanta paciencia como perplejidad. También entablará cierta amistad con Barnabás, un mensajero del castillo y su única vía de comunicación con su interior, pero también una especie de paria en la aldea. Conoce a su familia y a sus hermanas, que tanto le ayudan como le entorpecen en su intención de entender las reglas de la aldea y llevar su demanda hasta el interior del castillo. Se peleará con sus dos ayudantes, bufones, histriónicos, insoportables pero también frágiles. Se verá obligado a aceptar un puesto de bedel en una escuela, se enfrentará a la desconcertante audiencia de los ministros que atienden las solicitudes de los aldeanos. En definitiva, K. resbalará sobre una superficie helada cada vez que intente penetrar en la surreal organización de la aldea. Los personajes parecen salidos en realidad de un extraño País de las Maravillas, cada uno con una lógica y una expresividad propias. Algunos momentos, como la escena de los dos ayudantes rogando y solicitando desde lo alto de un muro nevado, o la audiencia de los ministros en el mesón, son realmente memorables. Uno queda atrapado en la esperanza de ver aclarada esa terrible confusión, esperanza que no se cumple realmente. La historia permanece suspendida en el tiempo y K. comienza a darse cuenta de que cuanto mayores son sus esfuerzos por alcanzar su objetivo -hacerse un sitio en esa pequeña comunidad de acogida y llegar al castillo- más lejos está de alcanzarlos.

Sherlock Holmes: Estudio en Escarlata

El libro titulado Estudio en Escarlata de Sir Arthur Conan Doyle esta principalmente narrado por el doctor Watson y nos cuenta en como Sherlock Holmes, su compañero de piso, resuelve un caso que los demás detectives, en un determinado, momento les parece imposible de averiguar. La historia comienza con el doctor Watson que llega a Londres y busca a alguien con quien compartir piso y encuentra a Sherlock Holmes que practica el arte detectivesco. A Watson le impresiona mucho las deducciones que Holmes sobre determinadas cosas. Un día ocurre un asesinato y Holmes y Watson acuden inmediatamente al lugar del crimen. En cuanto llegaron Sherlock Holmes sin perder ni un momento comenzó a recabar pistas y a hacer preguntas. A la mañana siguiente Holmes sigue a hombre del que tiene motivos para pensar que es el asesino pero se le escabulle siempre. Mientras los demás detectives seguían pistas falsas Holmes era el único que seguía la pista que él consideraba certera, y cuando sucedió una muerte que a todos les extrañaba y les desconcertaba a Holmes le servía para encajar todas las pistas en su sitio. Finalmente Sherlock Holmes casi como por arte de magia hace que suba a su piso una persona y delante de sus amigos detectives y del doctor Watson y sin que la persona sospeche nada la arresta diciendo con toda certeza que es el asesino. Luego al asesino lo llevan a tomar declaración y el con toda la tranquilidad les dice como y porque mato a las personas que mató. Más tarde ya en casa de John Watson y de Sherlock Holmes, este último empieza a contarle porque sabia que el asesino era esa persona y todas la cosas que decía coincidían con todas la cosas que el asesino contó a la policía.

Un amor de Swann de Marcel Proust

"Por el camino de Swann" de Marcel Proust es el primer volumen, publicado en 1913, de los siete que componen uno de los ciclos novelísticos más admirables de la historia de la literatura: "En busca del tiempo perdido". El libro se divide en tres partes, todas ellas variaciones sobre el tema del tiempo que inexorablemente queda atrás: "Combray", el pueblo de la infancia del protagonista, que lo rememora antes de dormir; "Un amor de Swann", o el despilfarro del tiempo en un amor, el de Odette y Swann, acosado por los celos; "Nombres de países: el Nombre", que gira en torno a los recuerdos de la adolescencia. La obra comienza con uno de los episodios más célebres de la literatura universal: la evocación de la infancia a través de la degustación de una magdalena. Algo tan simple como esto permite al narrador recobrar los lugares y las personas fundamentales que llenaron su niñez. El narrador rememora su infancia en París y en el pueblo de Combray, cuyos caminos conducen a casa del refinado Swann y al castillo de Guermantes. Tras un desengaño con la hija de Swann, Gilberte, describe sus experiencias en una playa de moda, Balbec, y su nuevo amor por Albertine. Las localidades de Balbec y Combray (en la realidad Cabourg e Illiers-Combray respectivamente) son detalladamente descritas en la obra; por eso, son muchos los admiradores del autor que las recorren en busca de sus huellas en paisajes y lugares. "Un amor de Swann" es casi una novela dentro de la novela en este primer volumen. Charles Swann, un joven y rico judío aceptado entre la aristocracia parisina de la Belle Epoque, se obsesiona por la bella prostituta Odette de Crécy, que a primera vista “no le gustaba”. El narrador reconstruye los amores de Swann y Odette, llenos de celos, pasiones y dudas, antes de su matrimonio. «¡Y pensar», exclama Swann al final del relato, «que he malgastado los mejores años de mi vida, que he deseado la muerte y he sentido el amor más grande de mi existencia, todo por una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo!». La película de Volker Schlöndorff “Un amor de Swann” recorre un día de la vida de Charles Swann. Lo encontramos acompañado por la duquesa de Guermantes, de su amigo el Barón Charlus, y, por supuesto de Odette Crécy. Más que una adaptación de la obra En busca del tiempo es una recreación que toma el libro como excusa para hacer un retrato fidedigno del París de la Belle Epoque y del retroceso que había experimentado la burguesía después de su triunfo en la Revolución Francesa, sin dejar de ser la clase ascendente. Las clases populares relegadas al lugar de la servidumbre en un mundo de ociosos están representadas como objetos sin alma, integrados en la decoración de las habitaciones, siempre pendientes de los deseos del señor y oyendo las conversaciones más escabrosas sin pestañear. La aristocracia marcaba el gusto y decidía quién entraba y quién no en sus grandes mansiones; frente a ella una burguesía ruidosa y vulgar, patrocinaba a nuevos talentos de la literatura o la pintura, y formaba sus propios círculos, con escasos traspasos entre ambos universos. Swann se enamora de Odette Crézy, prostituta de lujo del círculo de Madame Vedurin, que jamás sería aceptada en el aristocrático círculo del judío erudito. Ambos juegan sus cartas: Charles siente una pasión enfermiza, de origen intelectual, tras asociar un rostro que en principio le parece vulgar, con la imagen de Shefora, la hija de Jetro y esposa de Moisé, de Boticelli, y está dispuesto a perderlo todo por satisfacer su capricho; Odette aspira a salir de su mundo sórdido de relaciones pagadas, casándose con su amante, y, buena conocedora de la sensibilidad masculina y de los juegos de poder en las relaciones amorosas, maneja a su antojo las inseguridades y los celos de Swann. Un día en la vida del protagonista es suficiente para transmitir al espectador estas sensaciones. En el epílogo vemos al personaje, ya viejo, confesando a su amigo Charlus, que siente que ha perdido mucho tiempo precioso de su vida, que ya no puede recuperar. Los miembros selectos de su grupo aristócrata no sólo excluyen de por vida a Odette, sino a su hija Gilberte, como si de una bastarda se tratara; los hombre recuerdan sus contactos con Odette a cambio de 500 francos. Marcel Proust nació en el seno de una familia acomodada. Fue un niño asmático especialmente propenso a los desarreglos bronquiales y, por tanto, muy sensible al cuidado de la madre, una de las figuras capitales en su vida. Estudió en el Liceo Condorcet y muy pronto inició la carrera de Derecho, que abandonaría poco más tarde para relacionarse con la sociedad elegante de París. La muerte de su madre, ocurrida en 1905, supuso un antes y un después en la vida de Proust y posiblemente también en la suerte de la narrativa contemporánea. Tras un breve período alejado de toda actividad literaria y en el que se recrudeció su asma, tomó la decisión de abandonar la vida mundana y un tanto frívola de los salones aristocráticos para recluirse a escribir. La edición de 'Por el camino de Swann' fue costeada por el propio autor. La publicación pasó desapercibida para el público. Pero Proust continuó escribiendo. Su afiebrada obstinación obtuvo sus frutos con la aparición de 'A la sombra de las muchachas en flor' (1919); el libro obtuvo el prestigioso premio Goncourt. 'El mundo de los Guermantes' (1920), 'Sodoma y Gomorra' (1922), 'La prisionera' (1923), 'La desaparición de Albertina' (1925) y 'El tiempo recobrado' (1927) completan este monumento al tiempo interior y a las preguntas sin respuesta. Las tres últimas partes se editaron póstumamente. Proust falleció de un absceso en los pulmones un 18 de noviembre de 1922. Tenía 51 años. Reza la leyenda que la última palabra que pronunció fue “madre”.

El largo adiós de Raymond Chandler

"La primera vez que posé los ojos sobre Terry Lennox, él estaba borracho en un Rolls Royce Silver Wraith, frente a la terraza de The Dancers. Tenía un rostro de aspecto juvenil, pero su cabello era de color blanco hueso." Son las palabras del narrador, el irónico y sentimental detective Philip Marlowe, al comienzo de esta admirable novela, acaso la más lograda de su autor y también uno de los libros más conmovedores y poderosos del siglo XX. La escribió mientras su mujer, Cissy, se estaba muriendo y es una novela que alcanza una intensidad emocional nunca lograda en este género hasta entonces. Uno lee esas primeras palabras y ya sabe que la relación entre Philip Marlowe y Terry Lennox no va a ser trivial. Pero, ¿quién es Terry Lennox?. Una buena parte de la gracia de esta novela estriba en que nunca se termina de averiguarlo del todo. Al principio no es más que un alcohólico, casado con una casquivana millonaria que lo trata como un pelele y cuya tiranía él acepta mansamente. Pero tiene maneras distinguidas, su trato resulta agradable y establece con Marlowe, que lo recoge del suelo en medio de una de sus formidables melopeas, una sintonía inmediata. Es imposible no simpatizar con Lennox, porque hay en él algo que inspira ternura, porque parece indefenso y a la vez fuera del alcance de todos. A fuerza de ir juntos al Victor’s, un bar semivacío donde siempre beben lo mismo, gimlet, Marlowe y el borracho acaban por tomarse afecto. Terry Lennox le cuenta que su mujer, Sylvia, le ha abandonado. A Marlowe le intriga la educación y el acento inglés y la afabilidad de Lennox. Al cabo de unos meses se vuelven a encontrar y Lennox le cuenta que se ha vuelto a casar con su ex-mujer. Entonces, Terry Lennox aterriza en el ático de Philip Marlowe una buena noche de verano a las cinco de la madrugada pidiéndole que le lleve al aeropuerto de Tijuana. Parece como si hubiera matado a su mujer, Sylvia, pero Marlowe no avisa a la policía porque no cree que haya sido Lennox. Su mujer había aparecido muerta en la casa donde solía encontrarse con sus amantes, con el rostro reducido a una pulpa sanguinolenta. Terry le pide a Marlowe ayuda para huir a México. Marlowe, sin hacer preguntas, le lleva en su coche al otro lado de la frontera. Al regresar a casa se encuentra con que la policía le pide explicaciones de mala manera. Marlowe se encuentra en su casa al sargento Green y al detective Dayton. Marlowe no coopera y se lo llevan a la comisaría. Termina entre rejas acusado de complicidad en un asesinato, y le sueltan cuando las autoridades del pueblecito de Otatoclan informan del suicidio de Lennox. Asi Marlowe se entera de que Lennox se ha suicidado. Pero antes de matarse, su amigo tuvo tiempo de enviarle una carta, y con ella un ejemplar de un raro billete: uno que lleva un retrato de Madison y vale 5.000 dólares. En la carta, Terry le dice adiós y le pide que vaya al Victor‘s a tomarse un gimlet en su memoria. Y Marlow cumple el encargo. De manera que Marlowe ayuda a escapar a México a un amigo rico, al que cree inocente del crimen del que es acusado, y eso primero le cuesta la cárcel y luego le abre las puertas de la alta sociedad californiana, saliendo de todo el asunto más escéptico que nunca. A partir de aquí, y esto sucede antes de completar el primer tercio del libro, Terry Lennox está ausente, y sin embargo sigue teniendo un protagonismo intenso en la historia. Por creer en su inocencia, Marlowe inicia una tortuosa investigación que le depara mil sinsabores: la policía le detiene y le golpea, un mafioso local le amenaza y el opulento padre de la difunta, que no quiere escándalos, le sugiere que más le vale abandonar sus indagaciones. Un segundo argumento empieza cuando Howard Spencer, un periodista, llama a Marlowe para pedirle que cuide de Roger Wade, un escritor alcohólico, un tanto violento, y que desaparece de vez en cuando. Con estos dos planteamientos se va desarrollando y entramando el argumento de esta obra. Esta obra es en la única en la que Marlowe tiene una relación con una mujer, Linda Loring. Pero también conoce a una criatura de ensueño, la ausente rubia de ojos violetas Eileen Wade, ante cuya apabullante aparición el detective improvisa una teoría sobre las rubias sencillamente antológica. Eileen Wade es una asesina totalmente convincente, pero el hecho de que cometa dos asesinatos casi carece de importancia. En realidad lo importante es el estudio del conflicto de las lealtades y el estudio del personaje Terry Lennox. La novela comienza con el misterio de Terry lennox, luego el misterio de Roger Wade. La conexión entre ambos es Eileen Wade antes mujer de Lennox y ahora de Wade. Cuando ella confiesa los dos asesinatos y se suicida, el interés vuelve a Lennox, con quien el libro termina. A lo largo de su investigación, Marlowe conocerá a otro Terry Lennox: su pasado oscuro y trágico, la verdadera índole de sus sentimientos y de su carácter. Tanto Lennox como Marlowe son personas solitarias, desencantadas y destilan cinismo. Estas características los acercan y les permite compartir gimlets en un par de bares que comienzan a frecuentar. El tratamiento del tema de la amistad nunca había recibido tanta dedicación por Chandler y su exploración le permitió realizar su novela más ambiciosa y mejor lograda por la elaboración psicológica de sus personajes. La amistad entre Lennox y Marlowe se desenvuelve con aparente naturalidad, aunque el primero mantiene un incómodo secreto y el segundo se aferra a una lealtad que incluso lo enfrenta con la policía. A la postre se descubrirá la asimetría de su relación y la flaqueza de los andamios que la sostenían. A lo largo de la trama, Marlowe va recolectando desengaño tras desengaño y, por ello, vemos que el personaje se va suavizando y manifiesta menos cinismo que en los otros libros. Incluso los editores de Chandler le enviaron una carta muy cortéz, pero que manifestaba su discordancia por el nuevo sentimentalismo del personaje. En un principio, Chandler realizó algunas correcciones para endurecer a Marlowe, pero, después de un viaje a Inglaterra, prefirió romper con la editorial y mantener el giro romántico de Marlowe. Él mismo se reconocía, en esos momentos, como un sentimental y dijo "Soy lo bastante anticuado para estar profundamente enamorado de mi esposa después de veintiocho años de matrimonio." Marlowe que se niega a dejarse ganar por la realidad y donde, para no renunciar a la amistad, cierra consciente y deliberadamente los ojos ante el hecho de que su amigo, el hombre por el que él ha mentido, ha sido vapuleado y ha mantenido la boca cerrada, le ha traicionado desde el principio. Como se ve, la obra de madurez de Raymond Chandler, El largo adiós, discurre a través de una compleja trama. El detective no sólo encarna aquí, una vez más, una honradez y rectitud que, por raras, lindan con la extravagancia, sino que a lo largo del libro, tanto él como el resto de personajes que se imbrican en la acción, son matizados con una sensibilidad que hace que la novela trascienda de forma indudable de las convenciones del género. Al paso, Chandler va trazando un vivo retrato de la sociedad californiana de su tiempo y una demoledora descalificación del american way of life: una civilización de brillantes envoltorios que principalmente contienen basura, en las palabras del magnate Harlan Potter, tan vigentes ahora como en 1953 (si no más). Como nunca antes, la propia ciudad de Los Ángeles se manifiesta contundentemente como si fuera otro complejo y desilusionado personaje. En suma, El largo adiós es una lección sobre cómo contar una historia, una galería de personajes plenos y seductores, instantes para la risa y para la emoción y, sobre todo, una mirada moral sobre el mundo. No se puede pedir más. Raymond Chandler nació en Chicago en 1888. Se educó en Inglaterra, publicó ensayos y poesías en algunas revistas, fue funcionario público, comandó un batallón canadiense en la Primera Guerra Mundial y a los 30 años se convirtió en ejecutivo de una compañía petrolera. Se enamoró de una mujer casada 17 años mayor que él, con la que se casó después de que ella se divorció. En 1932, en plena Depresión, fue echado del trabajo por ausentismo, originado en su agudo alcoholismo. Entonces trabajó de empleado bancario, de vendedor de raquetas de tenis y de recolector de duraznos. A los 45 años se decidió definitivamente a escribir (su vocación postergada largamente). La revista "Black Mask" le publicó en 1933 su primer cuento, "Los chantajistas no disparan". Recién cuando Chandler tenía 51 años, en 1939, apareció "El sueño eterno", la primera novela de su cínico, solitario y alcohólico alter ego, Philip Marlowe. Después vinieron "Adiós muñeca" (1940), "La ventana siniestra" (1942), "La dama en el lago" (1943), "La hermana menor" (1949), "El largo adiós" (1953) y "Playback" (1958). Chandler se desbarrancó la tras muerte de su esposa en 1954, luego de una larga y penosa enfermedad. Recrudeció su alcoholismo, e intentó suicidarse. El 26 de marzo de 1959 falleció de una neumonía, a los 70 años, en La Jolla

El secuestro de Miss Blandish de James Hadley Chase

Cuenta cómo unos delincuentes de poca monta planean robar un caro collar de perlas a la joven heredera de la fortuna de los Blandish. Pero todo se tuerce, y el asesinato del acompañante de Blandish los lleva a tener que secuestrarla. Y todo se estropea aún más (es una constante en las novelas de Chase que situaciones aparentemente controladas se tuerzan repetidas veces) cuando los secuestradores cae en manos de otra banda más dura y cruel, la de los Grisson (inspirada a su vez por el célebre caso del clan de Ma Baker), que liquida a los aficionados, cobra el rescate haciéndose pasar por ellos y, debido a la rara sexualidad del cabecilla de los Grisson (y títere a su vez de su despótica y terrible madre), deciden no liberar a la rehén y quedársela como esclava sexual de Slim Grisson. El señor Blandish encarga a un periodista reconvertido en investigador, Dave Fenner, rescatar a su hija. Cueste lo que cueste. A medida que pasa el tiempo y crece la incertidumbre entre la familia Blandish, Slim, influido en exceso por su dominante madre, se irá enamorando progresivamente de Barbara, quien a su vez trata de seguirle el juego para, de esta forma, intentar escaparse. Slim es un enfermo perverso que responde a las órdenes de su madre, la verdadera líder la pandilla Grisson. Ma Grisson es una vieja siniestra que somete a terribles tortura psicológicas y físicas a la joven Blandish. Por supuesto, no falta un duro detective como Fenner, quien se enfrenta a los peligrosos villanos para intentar rescatar con vida a la víctima. El Personaje de Ma Grisson estuvo basado en la legendaria delincuente Kate “Ma” Baker, cuyos hijos formaron la famosa pandilla Barker-Karpis que entre 1931 y 1935 fueron responsables de numerosos crímenes en los Estados Unidos. En realidad este libro de Chase publicado en 1939 fue el que la convirtió en una leyenda a la mujer, ya que de acuerdo al FBI, la señora no dirigía la banda que formaban sus hijos. Más bien era un cómplice, debido a que solía ayudarlos en sus golpes. Ma Barker fue acribillada por oficiales del FBI cuando intentaron detener a su hijo Fred, quien también murió en el tiroteo el 15 de enero de 1935, en Ocklawaha, Florida. En realidad la imagen de criminal que le dieron a la señora Barker fue creada por el FBI para justificar el asesinato de la mujer. La banda de los Grissom es una adaptación de El secuestro de Miss Blandish, a partir de la cual Aldrich elaboró una tragedia cínica y sangrienta, utilizando magníficamente. Aquí la época de la Depresión no es un mero telón de fondo destinado a poner de relieve la fotogenia de los trajes o los escenarios de entre finales de los veinte, momento en el cual se produjo el tristemente célebre crack financiero de Wall Street, y buena parte de la década de los treinta, durante la cual la nación norteamericana sufrió profundamente las consecuencias de esa debacle; por el contrario, aquí la pobreza resulta física, palpable, y sobre todo, ofrece un doloroso contraste entre los personajes ricos, tal es el caso de la secuestrada Barbara Blandish, y los pobres, los componentes de la banda de los Grissom, que se apoderan de ella y pretender cobrar un millón de dólares por su rescate. Lo que al final subyace en el fondo del relato no es tanto un agudo dibujo de las diferencias de clase social como, en particular, la descripción del odio a ultranza, el desprecio visceral y sin miramientos, que hay entre todos y cada uno de unos personajes descritos sin el menor asomo de simpatía hacia ninguno: los Grissom, odian a su prisionera, Miss Blandish, por el mero hecho de ser, al contrario que ellos, una persona adinerada; y la joven Barbara Blandish, caprichosa y acostumbrada a tener todo lo que le viene en gana sin esfuerzo, les detesta no tanto porque la hayan secuestrado como, precisamente, por el hecho que de que sus secuestradores no sean más que unos muertos de hambre… Ni que decir tiene que el panorama humano que muestra Aldrich en La banda de los Grissom es tan áspero, cruel y sin entrañas, que no resulta de extrañar que la violencia entre los personajes brote aquí más espontáneamente que nunca en la carrera de este virulento cineasta. Resulta inolvidable al respecto la dura secuencia en la que, tras haber rechazado los avances con miras sexuales de Slim, el más joven y retrasado miembro de los Grissom, Barbara reciba una brutal paliza a puñetazos por parte de Gladys «Ma» Grissom. De hecho, ninguna de las relaciones humanas que se entablan en el film hace gala del menor signo de afectividad: «Ma» Grissom detesta a su marido, Doc, que le parece un pusilánime (de ahí que, en el violento clímax final, todavía tenga tiempo, en medio del tiroteo con la policía, para aprovechar que Doc se da la vuelta tras decirle que la deja y pegarle un tiro por la espalda…); el millonario John P. Blandish mira con desprecio al detective privado que ha contratado, Dave Fenner, porque le parece alguien «inferior» a él, aún tratándose del único hombre que puede recuperar a su hija con vida; entre los hermanos Grissom hay, asimismo, considerables dosis de resentimiento, sobre todo a raíz del momento en que «Ma» Grissom decide que lo mejor que pueden hacer con Barbara después de haber cobrado el rescate es acabar con ella: ese anuncio pone sobre aviso a Slim, que en su locura se ha enamorado de Barbara y con tal de protegerla de su familia está dispuesto, incluso, a matar a su propia madre. No es de extrañar, en este sentido, que el único apunte sentimental de semejante relato venga dado, paradójicamente, por la historia de amor imposible entre Barbara y Slim, la chica rica y el delincuente demente: los dos extremos de una trama que parece moverse, asimismo, entre la soberbia y la locura.